Dos ciervos vivían con sus padres y con grandes manadas en un bosque. Se llamaban Hermoso y Pardo. Cuando los cultivos de los campos cercanos empezaron a madurar, su padre los llamó.
—Llegó una época peligrosa —les dijo—. Los hombres ponen trampas para impedir que comamos lo que cultivan. Cada año quedan muchos ciervos atrapados.
Les explicó que las manadas jóvenes debían ir a las colinas, donde había alimento suficiente. Los padres y algunos ciervos mayores se quedarían en el bosque: para ellos alcanzaría la comida que quedaba lejos de los campos.
—Cada uno va a guiar a su grupo —continuó—. Viajen de noche y eviten los pueblos. Esperen en las colinas hasta que termine la cosecha. Después podrán regresar.
Los hermanos partieron con sus manadas.
Hermoso esperó la oscuridad para ponerse en marcha. Cuando distinguía un pueblo, buscaba otro camino. A veces el rodeo era más largo, pero mantenía al grupo apartado de los lugares donde podían verlo los cazadores. Llegó a las colinas sin perder un solo ciervo.
Pardo hizo el viaje de otra manera. Salía temprano y continuaba durante el día. Cuando encontraba casas, llevaba la manada junto a ellas en vez de alejarse. Los cazadores los veían pasar y mataban a muchos de los animales.
Los que lograron llegar permanecieron en las colinas hasta el final de la cosecha. Después emprendieron el regreso.
Hermoso volvió a elegir la noche y los caminos apartados. Su manada avanzó junta, y todos alcanzaron el bosque donde los esperaban los mayores.
Pardo tampoco cambió su manera de viajar al volver. Otra vez caminó de día y otra vez pasó cerca de los pueblos. En el camino murieron más ciervos.
Cuando finalmente apareció entre los árboles de su hogar, solo quedaba una pequeña parte de su manada.
Los dos hermanos habían salido hacia las mismas colinas y regresado al mismo bosque. Pero detrás de uno estaban todos los que habían partido con él; detrás del otro había demasiados lugares vacíos.



