En un río lejano vivían tres peces. Se llamaban Pensativo, Muy Pensativo y Despreocupado. Un día dejaron el tramo solitario donde habían crecido y nadaron río abajo hasta acercarse a una ciudad.
Allí encontraron un lugar nuevo para buscar comida. También encontraron cuerdas, anzuelos y redes, aunque al principio no todos les prestaron la misma atención.
—Acá vienen pescadores —dijo Muy Pensativo—. En cualquier momento podemos quedar atrapados. Volvamos al lugar donde vivíamos.
Los otros dos no quisieron partir todavía. Siempre había algo más que comer o un rincón por conocer. Cuando su amigo proponía regresar, respondían que podrían hacerlo al día siguiente.
Una mañana, Pensativo y Despreocupado se adelantaron. Nadaron juntos sin advertir una red extendida en su camino. Entraron antes de poder frenar y quedaron encerrados.
Muy Pensativo llegó detrás. Vio la red y, al otro lado, al pescador que esperaba su captura. No podía romper las cuerdas, pero se le ocurrió cómo hacer que el hombre las moviera.
Nadó por delante de la red y golpeó la superficie con fuerza, levantando salpicaduras. Parecía un pez que acababa de escapar y seguía río arriba. Después dio la vuelta por afuera y salpicó detrás, como si otro pez hubiera salido hacia abajo.
El pescador vio aquellos movimientos y creyó que su captura se había escapado en dos direcciones. Tiró de una esquina de la red para recogerla.
Al levantarla de ese modo, abrió un paso. Pensativo y Despreocupado se deslizaron por allí y nadaron hasta su compañero.
—Nos salvaste —le dijeron—. Ahora sí queremos volver.
Los tres emprendieron juntos el camino río arriba. Dejaron atrás las redes y los tejados de la ciudad, y regresaron a su antiguo tramo del río. Esta vez nadie pidió esperar hasta mañana.



