En Vågå, en el valle de Gudbrandsdal, vivía una familia muy pobre con muchos hijos. Dos de los hermanos tenían que recorrer los caminos pidiendo ayuda. Por eso conocían los senderos y algunos atajos hacia Hedale.
Una vez quisieron pasar por la cabaña de unos cazadores de halcones. Era casi otoño y las personas que cuidaban el ganado en las alturas ya habían vuelto a sus casas. Los hermanos no encontraron comida ni refugio. Al anochecer perdieron el sendero y tampoco pudieron dar con la cabaña.
Como llevaban un hacha pequeña, cortaron ramas, levantaron un reparo y encendieron un fuego. Juntaron musgo y brezo para acostarse.
Apenas se habían echado, oyeron un resoplido. Después otro, mucho más fuerte.
—¡Hay olor a gente cristiana por acá!
Unos pasos hicieron temblar el suelo. Los hermanos comprendieron que se acercaban trolls.
—¿Qué hacemos? —susurró el menor.
—Vos agarrá las bolsas y preparate para correr. Yo me quedo con el hacha.
Entre los árboles aparecieron tres gigantes tan altos como los abetos. Tenían un solo ojo entre los tres y se lo pasaban por turnos. El primero lo llevaba en un hueco de la frente; los otros caminaban agarrados a él.
El mayor le indicó a su hermano que empezara a correr, pero que no se alejara demasiado. Mientras los trolls lo perseguían, él se deslizó por detrás y golpeó con el hacha el tobillo del último.
El grito fue tan fuerte que el troll de adelante se sobresaltó y dejó caer el ojo. El muchacho lo levantó enseguida. Era enorme y tan luminoso que, al mirar a través de él, pudo ver el bosque oscuro como si fuera de día.
Los trolls exigieron que se lo devolviera. Amenazaron con convertir a los hermanos en troncos y piedras.
—Ahora yo tengo tres ojos y ustedes no tienen ninguno —respondió el muchacho—. Déjennos tranquilos.
Los gigantes cambiaron las amenazas por ruegos. Ofrecieron oro, plata y lo que quisiera a cambio del ojo.
El muchacho pidió que llenaran las dos bolsas con monedas y trajeran dos buenas ballestas. Conservaría el ojo hasta recibirlo todo.
Pero ninguno de los trolls podía encontrar el camino sin ver. Entonces llamaron a la compañera que vivía con ellos. Desde una colina del norte llegó una respuesta.
Poco después apareció ella, cargando dos baldes de oro y plata y dos ballestas de acero. Al enterarse de lo ocurrido, también amenazó a los chicos.
Los trolls le pidieron que tuviera cuidado: aquel muchacho podía quitarle el ojo a ella también.
La mujer les arrojó las ballestas y los baldes, y se alejó hacia la colina con los tres trolls. Desde entonces, dice el cuento, nadie volvió a oírlos olfatear en busca de personas por el bosque de Hedale.



