Desde su árbol, un mono miraba todos los días una isla llena de fruta. Las ramas se doblaban bajo el peso de lo que crecía allí. El problema era el río: ancho, profundo y lleno de cocodrilos. El mono no sabía nadar.
Una cocodrila observaba los árboles desde el agua. Un día le dijo a su hijo que quería comer el corazón de un mono. El joven cocodrilo pensó cómo conseguirlo sin tener que trepar, cosa para la que sus patas eran bastante poco útiles.
Al final se acercó a la orilla y llamó hacia las ramas:
—¿No querés probar la fruta de la isla? Subite a mi lomo. Yo te llevo.
El mono miró las copas cargadas, miró al cocodrilo y se dejó tentar. Saltó sobre su espalda. Al principio el viaje fue agradable: avanzaban suavemente y la isla se acercaba. Pero, cuando llegaron a la mitad del río, el cocodrilo se hundió.
El mono se aferró como pudo. Al volver a la superficie, tosió y tomó aire.
—¡Pará! ¿Qué estás haciendo?
—Voy a llevarle tu corazón a mi madre.
Al mono le temblaban las manos. No podía saltar hasta la orilla y no podía quedarse allí. Entonces tuvo una idea.
—¡Me hubieras avisado antes! Dejé el corazón en el árbol. Si lo querés, tenemos que volver.
El cocodrilo dudó. No sabía nada de las costumbres de los monos. Dio la vuelta y lo llevó hasta el tronco. Apenas pudo alcanzar una rama, el mono se trepó de un salto y siguió subiendo.
—Mi corazón está conmigo —gritó desde arriba—. Y conmigo se queda.
Después de aquel susto buscó otro lugar donde vivir. Encontró un árbol río abajo. Cerca había otra isla con fruta, y entre la isla y la orilla sobresalía una roca. Ahora podía cruzar con dos saltos, sin pedirle ayuda a nadie.
Pero el cocodrilo lo encontró. Lo vio ir a comer por la mañana y decidió esperarlo hasta la tarde. Se subió a la roca, acomodó la cola y se quedó inmóvil. Cuando el mono quisiera regresar, caería justo encima de él.
Al anochecer, el mono se acercó al agua. Algo no le cerraba. La roca parecía más alta que esa mañana.
—Buenas noches, roca —dijo.
No hubo respuesta.
—¿Qué pasa? ¿Hoy no me saludás?
El cocodrilo pensó que aquella roca debía de hablar todas las tardes y que el silencio podía delatarlo.
—Buenas noches —contestó.
El mono ya no tuvo dudas.
—Ah, eras vos.
El cocodrilo, descubierto, abrió la boca y le dijo que esta vez no escaparía. El mono fingió resignarse.
—Bueno. Abrí bien y cerrá los ojos. Voy a saltar.
El cocodrilo hizo lo que le pedía. El mono tomó impulso, cayó sobre la parte alta de su cabeza y, antes de que pudiera cerrar las mandíbulas, saltó de nuevo hasta tierra firme.
Desde la rama más cercana lo oyó prometer que lo dejaría en paz. El mono se acomodó entre las hojas.
—Me alegro —contestó—. Igual, voy a seguir mirando antes de saltar.


