El calor había secado los charcos del camino. Un cuervo volaba de un patio a otro buscando agua, hasta que vio una jarra abandonada junto a un muro. Se posó en el borde y miró adentro: en el fondo brillaba un poco de agua.
Metió el pico, estiró el cuello y abrió las alas para sostenerse. Nada. El agua quedaba demasiado abajo. Dio la vuelta alrededor de la jarra, buscando una abertura, pero las paredes eran firmes y lisas. También trató de empujarla. No consiguió moverla ni un poquito.
Iba a levantar vuelo cuando vio las piedras del patio. Tomó una pequeña con el pico y la dejó caer dentro de la jarra. El agua hizo un ruido leve. El cuervo inclinó la cabeza: el nivel había subido apenas.
Trajo otra piedra y después otra. No elegía las más grandes, que no podía levantar, sino las que entraban por la boca de la jarra. Cada viaje era corto; cada cambio parecía insignificante. Pero el agua subía.
Cuando llevaba ya unas cuantas, el cuervo volvió a probar. Esta vez la punta del pico alcanzó la superficie. Bebió despacio, descansó un momento sobre el borde y bebió de nuevo.
Después se alejó hacia la sombra. La jarra seguía en el mismo lugar, tan alta y pesada como antes. Lo que había cambiado era el camino hasta el agua: el cuervo lo había construido con las pequeñas piedras que tenía a su alcance.


