Junto al arroyo crecía un roble de tronco ancho. Cerca de sus raíces, los juncos se inclinaban cada vez que corría una brisa. El árbol apenas movía sus ramas más pequeñas; los juncos, en cambio, parecían saludar a todo viento que pasaba.
Una noche llegó una tormenta. El agua golpeó las hojas y las ráfagas empujaron el roble. El árbol se mantuvo rígido. Sus ramas resistieron, su tronco crujió y la tierra empezó a abrirse alrededor de las raíces.
Los juncos se doblaron hasta casi tocar el agua. Cuando cambiaba el viento, cambiaban con él. No intentaban detenerlo: lo dejaban pasar sobre sus tallos.
Una ráfaga más fuerte arrancó al roble del suelo. El gran árbol cayó atravesado sobre el arroyo. Al amanecer, sus raíces quedaron al aire y sus ramas descansaban entre los juncos, que empezaban a enderezarse.
—No entiendo —dijo el roble—. Yo era fuerte y ustedes son tan delgados. ¿Cómo siguen en pie?
—Vos peleaste contra cada empujón —respondieron los juncos—. Nosotros pudimos doblarnos sin quebrarnos.
El agua continuó pasando entre las ramas caídas. Los juncos se mecían a su lado, frágiles a la vista y enteros después de la tormenta. El roble había descubierto demasiado tarde que mantenerse rígido no era la única forma de resistir.


