Un pavo real abrió su cola al sol. En las plumas aparecieron círculos azules, verdes y dorados. Se dio una vuelta lenta para admirar cómo cambiaban los colores con la luz.
Por el camino pasó una grulla de plumaje gris. El pavo real la llamó y extendió todavía más su abanico.
—Mirá mis plumas. Parece que llevo todos los colores del arcoíris. Las tuyas son del color de las cenizas.
La grulla se detuvo. Observó la cola brillante y después miró sus propias alas. No trató de inventar colores que no tenía.
—Es cierto —respondió—. Tus plumas son más vistosas que las mías. Pero con estas alas puedo subir muy alto y recorrer el cielo. Vos seguís caminando por aquí, mostrando tu cola.
Abrió las alas grises, tomó impulso y se elevó sobre el camino. El pavo real levantó la cabeza para seguirla. La vio superar los árboles y alejarse hacia las nubes, hasta convertirse en una figura pequeña.
Su cola seguía brillando. No había perdido ninguno de sus colores, pero ya no parecía una prueba de que él fuera mejor en todo. La grulla tenía unas alas que no servían para presumir en el patio: servían para llevarla mucho más allá.


