Una mujer pobre vivía con su hijo en una cabaña del bosque. Una tarde de otoño lo mandó a juntar leña. El chico corría y se golpeaba los brazos contra el pecho para calentarse las manos.
Cuando ya volvía, vio una piedra blanca y torcida.
—Pobrecita. Debés de estar helada.
Se sacó la chaqueta y la dejó sobre la piedra. Su madre se enojó al verlo llegar en mangas de camisa.
—¡Una piedra no siente frío! Bastante cuesta vestirte. Cada uno tiene que pensar primero en sí mismo. Andá a buscar tu chaqueta.
Al volver, el chico encontró la piedra levantada de un lado. Debajo había una caja llena de monedas de plata.
Pensó que debían ser robadas: ¿quién escondería dinero honrado en un lugar así? Llevó la caja a una laguna y la arrojó al agua. Todo se hundió, salvo una moneda que quedó flotando.
—Esa sí es honrada —decidió, y la recogió.
Su madre se enfureció cuando supo lo que había hecho. Podrían haber vivido de aquel dinero, le dijo. Después lo echó para que se ganara el pan por su cuenta.
El chico recorrió muchos lugares buscando trabajo. Todos lo consideraban demasiado pequeño, hasta que un mercader lo aceptó para llevar agua y leña a la cocina.
Tiempo después, el mercader preparó un viaje. Les preguntó a sus empleados qué querían que les trajera. El chico le dio su única moneda.
—Comprá lo que alcance. Es honrada, eso lo sé.
El hombre prometió hacerlo. Pero en el puerto extranjero estuvo tan ocupado que recordó el encargo cuando ya iba a embarcarse. Cerca pasaba una mujer con una bolsa. Llevaba un gato que no podía alimentar y pensaba arrojar al mar.
El mercader le compró el animal por la moneda del chico y lo subió al barco.
Una tormenta lo empujó hasta un país desconocido. Entró en una posada y vio una vara junto a cada plato. Cuando sirvieron la comida, aparecieron cientos de ratones. Los comensales golpeaban la mesa para alejarlos; apenas podían llevarse un bocado a la boca.
Allí nadie conocía los gatos. El mercader trajo el suyo, los ratones huyeron y todos pudieron comer tranquilos. Le pidieron tanto que lo vendiera que al final aceptó cien dólares.
Pero, ya en alta mar, encontró al gato arriba del mástil. Otra tormenta lo llevó a un segundo país. En la posada usaban varas más grandes, porque los ratones eran todavía más numerosos y enormes. El gato volvió a resolver el problema y el mercader lo vendió por doscientos dólares.
Cuando el barco se alejó, allí estaba otra vez el gato, sobre el mástil. Llegó una tercera tormenta y otro puerto desconocido. Esta vez las posadas estaban invadidas por ratas gigantes. El mercader llevó al gato y recibió trescientos dólares por él.
De regreso pensó en los seiscientos dólares que había ganado con la moneda del chico.
—Algo le daré, pero no todo. Fui yo quien compró el gato. Cada uno tiene que pensar primero en sí mismo.
Apenas lo pensó, se desató una tormenta que parecía capaz de hundir el barco. El mercader prometió entonces entregar hasta la última moneda. El mar se calmó y un buen viento los llevó a casa.
Cumplió su promesa. Con el tiempo, el muchacho se casó con la hija del mercader y vivió sin las necesidades de antes. También mandó buscar a su madre y la cuidó tan bien como a sí mismo.
—No creo que cada uno tenga que pensar solamente en sí mismo —decía.



