Un hombre tenía tres hijos y una casa. No poseía campos ni ahorros que repartir, pero quería a los tres por igual. Cada uno deseaba heredar la casa, y el padre no quería venderla: allí habían vivido sus abuelos y los abuelos de sus abuelos.
Después de pensarlo mucho, reunió a sus hijos.
—Salgan a conocer el mundo y aprendan un oficio. Cuando vuelvan, el que haga la obra más extraordinaria se quedará con la casa.
Los hermanos aceptaron. Fijaron una fecha para regresar y se despidieron en una encrucijada. El mayor decidió ser herrero; el segundo, barbero; el menor, maestro de esgrima.
Cada uno encontró un buen maestro y se dedicó a aprender. El herrero empezó por mantener encendida la fragua y terminó herrando los caballos del rey. El barbero, después de practicar durante mucho tiempo, afeitaba a los señores más exigentes de la ciudad. El espadachín recibió más golpes de los que quería recordar, pero volvía a intentarlo cada mañana. Poco a poco aprendió a mover la espada con una rapidez asombrosa.
Los tres pensaban en la casa. El herrero imaginaba su taller junto al patio. El barbero veía una silla frente a la ventana. El menor soñaba con enseñar esgrima en el jardín.
Llegado el día, regresaron. El padre los abrazó y los invitó a sentarse afuera. Los hermanos se miraban, sin saber cómo demostrar lo que habían aprendido. Entonces una liebre cruzó el campo a toda velocidad.
—Ahora van a ver —dijo el barbero.
Preparó espuma en una palangana y corrió al encuentro del animal. Sin detenerlo, le enjabonó los bigotes y se los afeitó con tanta precisión que no le hizo un solo rasguño. La liebre siguió su carrera sin enterarse de aquella visita a la barbería.
El padre abrió los ojos, maravillado.
—Muy difícil va a ser superar eso.
En ese momento apareció un carruaje. Sus caballos galopaban por el camino. El herrero tomó sus herramientas y salió corriendo a su lado. Con movimientos que parecían relámpagos, quitó las cuatro herraduras de uno de los caballos y le puso cuatro nuevas, sin que el animal dejara de galopar.
—¡Esto sí que no lo había visto nunca! —exclamó el padre—. No sé a cuál elegir.
El hermano menor miró el cielo. Había empezado a llover.
—Me toca.
Desenvainó la espada y la hizo girar sobre su cabeza. La hoja se movía tan rápido que desvió cada gota. La lluvia aumentó. El camino se llenó de charcos y los otros tuvieron que refugiarse bajo el alero, pero el espadachín siguió en medio del jardín, completamente seco.
El padre decidió que aquella era la prueba más extraordinaria. Le dio la casa al menor. Los otros dos aceptaron el resultado, tal como habían prometido.
Entonces el nuevo dueño abrió la puerta.
—¿Y para qué voy a querer una casa tan grande sin ustedes? Hay lugar para los tres.
Así, el herrero tuvo su taller junto al patio; el barbero puso una silla frente a la ventana; y el maestro de esgrima enseñó en el jardín. Como eran excelentes en sus oficios, nunca les faltó trabajo. Vivieron juntos, se ayudaron y llegaron a viejos bajo el mismo techo.
Cuando uno murió, los otros sintieron una tristeza profunda. No pasó mucho tiempo antes de que también enfermaran y murieran. Los enterraron juntos, como habían vivido. La casa, que una vez estuvo a punto de separarlos, había sido durante toda su vida el lugar donde podían encontrarse.


