Un sastre vivía con sus tres hijos y una cabra cuya leche alimentaba a todos. Los hermanos se turnaban para llevarla a pastar. Un día el mayor la dejó comer en un lugar lleno de hierba fresca. Al atardecer le preguntó si estaba satisfecha.
—Comí tanto que no me entra ni una hoja —respondió la cabra.
Pero cuando el padre fue al establo y le hizo la misma pregunta, el animal cambió de historia.
—¿Cómo voy a estar satisfecha? Salté entre las piedras y no encontré comida.
El sastre se enfureció. Sin escuchar a su hijo, lo golpeó con la vara de medir y lo echó. Al día siguiente el segundo hermano alimentó a la cabra con las mejores plantas del jardín. Ella aseguró estar llena, pero por la noche volvió a mentir. También ese muchacho fue expulsado. Lo mismo ocurrió con el menor.
Solo en la casa, el sastre decidió llevarla él mismo. La vio comer durante horas. Antes de regresar, la cabra declaró que no le cabía otra hoja. Sin embargo, apenas estuvo en el establo, empezó a quejarse de que no había probado bocado.
El sastre comprendió lo que había hecho. Había echado a sus tres hijos inocentes. Furioso con la cabra, le afeitó la cabeza y la expulsó a latigazos. Después se quedó solo, arrepentido, sin saber dónde encontrar a los muchachos.
El mayor había entrado de aprendiz con un carpintero. Trabajó bien durante años y, al terminar, su maestro le regaló una mesita de madera. Parecía común, pero bastaba decir «Mesita, serví la mesa» para que aparecieran un mantel limpio, platos y una comida abundante.
El joven recorrió el mundo con ella a la espalda. Cuando tenía hambre, se sentaba bajo un árbol o junto a un río, pronunciaba las palabras y comía. Finalmente decidió volver a su casa.
La última noche se alojó en una posada llena de huéspedes. Había poca comida, así que puso la mesita en el centro del salón y los invitó a todos. Cada fuente vacía se llenaba de nuevo. El posadero observó el prodigio y decidió robarla.
Mientras el carpintero dormía, la cambió por otra muy parecida. A la mañana siguiente el joven siguió viaje sin advertirlo. Su padre lo recibió con alegría y escuchó la historia del regalo. Invitaron a parientes y vecinos para probarlo.
—Mesita, serví la mesa —dijo el muchacho.
No pasó nada. Repitió las palabras; la madera siguió desnuda. Comprendió que lo habían engañado. Los invitados se fueron burlándose, y él tuvo que buscar trabajo de carpintero.
El segundo hermano había aprendido el oficio de molinero. Al despedirse, su maestro le regaló un burro que producía monedas de oro cuando escuchaba la palabra «Bricklebrit». El joven comprobó que era cierto y viajó sin preocupaciones.
De regreso a casa se detuvo en la misma posada. Pidió una buena cena. Cuando llegó la cuenta, le faltaban monedas y fue al establo. Extendió un paño, pronunció la palabra y el oro empezó a caer. El posadero lo espiaba por una rendija.
Durante la noche cambió al burro por otro semejante. El muchacho partió convencido de que llevaba su fortuna. En casa, el padre volvió a invitar a todos. El hijo extendió el paño y dio la orden. El burro lo miró sin producir una sola moneda.
Otra vez se fueron los invitados con las manos vacías. El segundo hermano comprendió el robo y se empleó en un molino. Los dos escribieron al menor para contarle lo ocurrido en la posada.
El menor se había hecho aprendiz de tornero. Como ese oficio requería mucha práctica, fue el último en terminar. Su maestro le dio una bolsa con un garrote.
—Cuando digas «Garrote, salí de la bolsa», va a defenderte. No se detendrá hasta que le ordenes volver.
El muchacho decidió visitar al posadero. Durante la cena habló de tesoros y maravillas.
—Hay mesas que sirven comidas y burros que dan oro —comentó—. Pero nada se compara con lo que llevo en esta bolsa.
El posadero prestó mucha atención. Al acostarse, el viajero puso la bolsa debajo de la cabeza y fingió dormir. Cuando todo quedó en silencio, sintió que alguien intentaba quitársela con cuidado.
—¡Garrote, salí de la bolsa!
El palo saltó y empezó a golpear al ladrón. El posadero corrió por el cuarto, gritó, se cubrió la espalda y pidió misericordia. El garrote lo seguía sin cansarse.
—Devolvé la mesa y el burro que les robaste a mis hermanos —dijo el tornero.
El posadero prometió hacerlo. Entonces el joven ordenó que el garrote regresara a la bolsa. A la mañana siguiente partió con los tres regalos.
El sastre, al verlo llegar, preguntó qué había aprendido y qué traía. Cuando oyó hablar de un garrote, pensó que podía haber cortado uno de cualquier árbol. Su hijo le explicó para qué servía y le mostró lo recuperado.
Reunieron a los hermanos y, una vez más, llamaron a los parientes. El molinero dijo «Bricklebrit» y las monedas cayeron sobre el paño. Hubo para todos. Después el carpintero le habló a su mesa y aparecieron las fuentes, los platos y el mantel. Esta vez nadie tuvo que irse con hambre.
El padre guardó sus herramientas y vivió con sus hijos sin penurias. La fiesta duró hasta muy entrada la noche.
¿Y la cabra? Avergonzada por su cabeza afeitada, se había escondido en una cueva de zorro. Cuando el dueño regresó, vio dos ojos brillantes en la oscuridad y huyó, convencido de que un monstruo ocupaba su casa. Un oso quiso ayudarlo, pero también escapó al ver aquellos ojos.
Por fin una abeja se ofreció a entrar. Los otros apenas podían creer que alguien tan pequeño fuera capaz de resolverlo. La abeja voló hasta la cabeza pelada y le dio un aguijonazo. La cabra salió disparada, balando, y se perdió entre los árboles. Desde entonces nadie supo adónde había ido.


