Un rey enfermó y ninguno de sus médicos pudo curarlo. Sus tres hijos caminaban por el jardín, preocupados, cuando un anciano les habló del agua de la vida. Una sola copa podía devolverle la salud al rey, pero encontrarla era muy difícil.
El mayor pidió permiso para salir. Su padre no quería arriesgarlo, aunque terminó aceptando. El príncipe partió pensando que, si llevaba la cura, se aseguraría la herencia del reino.
En el camino, un hombrecito le preguntó adónde iba con tanta prisa.
—No es asunto tuyo —contestó sin detenerse.
El hombrecito lanzó un encantamiento. Poco después el príncipe entró en un desfiladero cuyas paredes se fueron cerrando hasta inmovilizarlo. No podía avanzar, retroceder ni bajar del caballo.
Como no regresaba, partió el segundo hermano. Trató con el mismo desprecio al hombrecito y quedó atrapado de la misma manera.
Finalmente salió el menor. Cuando lo interrogaron, se detuvo.
—Busco el agua de la vida. Mi padre está muy enfermo.
El hombrecito decidió ayudarlo. Le dio una vara de hierro y dos panes. El agua brotaba dentro de un castillo encantado: debía golpear tres veces la puerta con la vara y arrojar un pan a cada uno de los leones que la custodiaban. Después tendría que salir antes de las doce; de lo contrario, quedaría encerrado.
El príncipe agradeció las instrucciones y las siguió. La puerta se abrió, los leones se entretuvieron con los panes y él entró. Encontró una sala llena de príncipes inmóviles por un hechizo. Retiró los anillos de sus manos y tomó una espada y un pan que estaban sobre una mesa.
En otra habitación lo recibió una princesa. Su llegada había roto el encantamiento que la retenía. Le mostró el camino hacia la fuente y le propuso volver al cabo de un año para casarse con ella. El príncipe aceptó, feliz, y siguió buscando el agua.
Pero encontró una cama y se acostó a descansar apenas un momento. Se quedó dormido. Cuando despertó faltaba un cuarto de hora para las doce. Corrió a la fuente, llenó una copa y se lanzó hacia la salida. La puerta se cerró justo cuando pasaba y le lastimó un talón. Aun así, había conseguido salir con el agua.
En el camino encontró de nuevo al hombrecito. Este le explicó que el pan nunca se acabaría y que la espada podía vencer ejércitos. El príncipe preguntó por sus hermanos. Al saber que estaban prisioneros entre las montañas, rogó que los liberara.
—Lo haré —dijo el hombrecito—. Pero tené cuidado con ellos.
El menor los recibió con alegría y les contó su aventura. Los tres regresaron juntos. Atravesaron un país castigado por la guerra y el hambre. El príncipe prestó al rey su pan para alimentar al pueblo y su espada para vencer a los invasores. Recuperó los objetos y siguió viaje. En otros dos reinos encontró las mismas desgracias y ayudó del mismo modo.
Después los hermanos se embarcaron. Los mayores, envidiosos, esperaron a que el menor se durmiera. Pasaron el agua de la vida a otro recipiente y llenaron su copa con agua de mar.
Al llegar a casa, el joven ofreció al padre lo que creía que era la cura. El rey bebió y empeoró. Entonces los hermanos mayores lo acusaron de intentar envenenarlo. Le dieron el agua verdadera y el rey se repuso.
Los dos se burlaron del menor en secreto y lo amenazaron para que guardara silencio. El padre creyó la acusación. Ordenó a un cazador que lo llevara al bosque y lo matara.
Mientras avanzaban entre los árboles, el príncipe vio tan triste al cazador que le preguntó qué le pasaba. El hombre confesó la orden, pero dijo que no podía cumplirla. Intercambiaron sus ropas y el príncipe se internó en el bosque, vivo aunque desterrado.
Tiempo después llegaron al palacio tres carros llenos de regalos. Los enviaban los reyes que el hijo menor había ayudado. El padre empezó a dudar de lo que le habían contado. Se lamentó por haber condenado a su hijo, y el cazador le reveló que seguía vivo. El rey mandó anunciar por todas partes que podía regresar.
Mientras tanto, la princesa había hecho construir un camino de oro frente a su palacio. Ordenó que admitieran únicamente al joven que llegara por el centro: ese sería el hombre al que esperaba.
El hermano mayor intentó presentarse como su salvador. Al ver el oro, pensó que no debía gastarlo con las herraduras y cabalgó por un costado. Le negaron la entrada. El segundo eligió el otro costado y también fue rechazado.
Cuando se cumplió el año, el hermano menor salió del bosque. Pensaba tanto en volver a ver a la princesa que ni siquiera reparó en el oro del camino. Cabalgó derecho hasta la puerta. Ella lo recibió con alegría y celebraron su boda.
La princesa le contó que su padre lo buscaba. El joven regresó al reino y esta vez pudo explicar todo: el agua robada, las amenazas y la orden que el cazador no había cumplido. El rey quiso castigar a los hermanos, pero ya habían escapado por mar. Nunca volvieron.
El menor había perdido su lugar en casa por una mentira. Lo recuperó con la verdad, y después regresó junto a la mujer que lo había reconocido antes de que llegara a decir su nombre.


