Un hombre tenía tres hijos. A los dos mayores los consideraba inteligentes y capaces; al menor lo trataban de tonto y se reían de casi todo lo que hacía.
Una mañana el mayor salió a cortar leña. Su madre le preparó una buena torta y una botella de vino. En el bosque se encontró con un viejito de pelo gris que le pidió un poco de comida y algo para beber.
—Si te doy, me quedo sin lo mío —respondió el muchacho.
Siguió de largo. Poco después, al golpear un tronco, el hacha se desvió y le lastimó un brazo. Tuvo que volver a su casa para que lo curaran.
Al día siguiente fue el segundo hermano, también con torta y vino. Se encontró con el mismo viejito y contestó del mismo modo. Más tarde se hirió una pierna y no pudo continuar trabajando.
Entonces el menor pidió permiso para ir al bosque. Su padre se burló, pero finalmente lo dejó. La madre le dio una torta sencilla, cocida entre cenizas, y una botella de cerveza agria.
El viejito apareció junto al camino.
—¿Compartís conmigo un bocado?
—No tengo gran cosa —dijo el muchacho—, pero si te sirve, nos sentamos y comemos juntos.
Abrió su paquete y encontró una torta deliciosa. Probó la bebida: se había convertido en buen vino. Comieron conversando bajo los árboles. Al terminar, el viejito señaló un tronco viejo.
—Cortá ese árbol. Entre sus raíces vas a encontrar algo para vos.
El muchacho trabajó hasta que el árbol cayó. En el hueco de las raíces había una oca de plumas de oro puro. La levantó con cuidado y, como se hacía tarde, buscó alojamiento en una posada.
El posadero tenía tres hijas. La mayor vio el ave y pensó que una sola pluma bastaría para hacerla rica. Esperó a que el joven se apartara y estiró la mano. Apenas tocó el ala, los dedos se le quedaron pegados.
La segunda llegó con la misma idea. Tocó a su hermana para pasar por delante y también quedó atrapada. La tercera no entendió los gritos que le pedían que se alejara. Se acercó, agarró a la segunda y se quedó unida a ellas.
Pasaron la noche junto a la oca. Por la mañana el muchacho la puso bajo el brazo y salió a caminar. Las tres hermanas tuvieron que seguirlo, tropezando cada vez que él doblaba.
Un sacerdote los vio cruzar el campo y quiso separar a la última muchacha. En cuanto la tomó de la mano, quedó pegado. El sacristán salió a recordarle que lo esperaban en la iglesia y lo agarró de la manga. También él se incorporó a la fila.
Dos trabajadores que volvían del campo oyeron los pedidos de ayuda. Dejaron sus herramientas y tiraron del sacristán. Fue inútil: ahora eran siete personas las que avanzaban detrás del joven y de su oca, unas protestando, otras pidiendo que caminaran más despacio.
Llegaron a una ciudad cuyo rey tenía una hija que nunca se reía. El rey había anunciado que daría su mano a quien lograra hacerla reír. El muchacho oyó la noticia y se acercó al palacio con toda su extraña comitiva.
La princesa miró por la ventana. Vio la oca reluciente, las tres hermanas, el sacerdote, el sacristán y los dos trabajadores, todos tratando de avanzar sin pisarse. Uno saltaba un charco y los demás tenían que saltar detrás. Uno perdía el equilibrio y la fila entera ondulaba.
La princesa soltó una carcajada. Después otra. Se rio hasta tener que apoyarse en el marco de la ventana. Nunca había visto una procesión semejante.
El rey cumplió lo anunciado y se celebró la boda. Con el encantamiento concluido, los integrantes de la fila pudieron volver a sus asuntos. El muchacho que había compartido una comida pobre terminó viviendo en el palacio y, cuando el rey murió, heredó el reino. Conservó durante muchos años el recuerdo de aquella merienda bajo los árboles, donde todo había comenzado con un lugar libre al lado suyo.


