En una aldea vivía una pareja rica que deseaba tener un hijo. Un día, mientras buscaba leña en las montañas, la mujer encontró a un niño llorando junto a un árbol. Lo llevó a su casa con alegría, y desde entonces lo criaron.
Aquella era una tierra de peces y venados. Sin embargo, dejaron de conseguir alimento. Por más que cazaban, no atrapaban venados; por más que pescaban, no sacaban peces. El hambre empezó a apremiarlos.
La mujer oyó que en una aldea vecina, hacia las montañas, abundaban la pesca y la caza. Fue a comprar provisiones y llevó al niño consigo.
En la casa del jefe vio pescado y carne colgados de unos palos. Se le llenaron los ojos de lágrimas al mirarlos. La hicieron entrar y la convidaron con los mejores trozos. Después se acostó junto al niño.
A mitad de la noche, él se levantó sin ruido. Entonces la mujer oyó a una rata roer los alimentos colgados. Le pareció extraño. Al amanecer, el niño volvió despacio, se acostó a su lado y siguió durmiendo.
Cuando el jefe salió, encontró su comida mordisqueada.
—Nunca vi ratas como éstas —murmuró—. Me arruinaron el buen pescado y la buena carne.
La mujer compró sus provisiones y emprendió el regreso. Quería que el niño caminara delante de ella, pero él insistía en ir atrás. Desde su espalda volvió a oír el ruido de una rata royendo la carga. Se dio vuelta: el niño sonreía.
Ya en su casa, guardó el alimento y habló en voz baja con su esposo. Él fue a otra habitación, fabricó una trampa y la puso en el depósito.
Esa noche el niño se acostó entre los dos. Al rato se levantó y salió. No regresó.
Por la mañana, el hombre encontró una rata grande atrapada en el depósito. La sacó, la mató a golpes y la arrojó al montón de basura.
Esa noche se le apareció en sueños una figura divina.
—Ustedes querían tener un hijo —le dijo—. La más dañina de las ratas lo vio, tomó forma de niño y se quedó en su casa. Por su presencia, la aldea quedó contaminada. Ahora que murió, todo volverá a estar bien. Me dan pena: tendrán un hijo.
La promesa se cumplió y la pareja tuvo un hijo.
El relato cierra con una advertencia severa: no recibir en la casa a un niño ni a un cachorro encontrado en la costa, en el monte o en cualquier otro lugar sin conocer su origen. Ése es el consejo que conserva esta historia antigua.




