Un hombre había perdido a su esposa y no dejaba de buscarla. Recorrió montañas, valles, bosques y playas, hasta llegar a una llanura muy ancha. En medio de ella crecía un roble.
Se acercó y descubrió que era algo más que un árbol: era una casa. Adentro vivía un anciano de aspecto bondadoso.
—Soy el dios del roble —le dijo—. Sé lo que perdiste y vi cómo buscabas. Descansá, comé y fumá un poco. Después, si querés encontrar a tu esposa, vas a tener que hacer lo que te indique.
El dios le dio un caballo de oro. También eran de oro la montura y todos sus arreos.
—Montalo, subí al cielo y recorré las calles cantando sin parar.
Apenas el hombre se sentó en la montura, el caballo levantó vuelo. Arriba encontró un mundo parecido al suyo, pero más hermoso, y una ciudad inmensa. Durante días cabalgó de una calle a otra, cantando todo el tiempo.
Los habitantes del cielo lo miraban y se tapaban la nariz.
—¡Qué olor tiene esa criatura del mundo de abajo!
El olor llegó a resultarles tan insoportable que el dios principal fue a hablar con él.
—Haremos que encuentres a tu esposa. Pero, por favor, andate.
El hombre volvió a la tierra en el caballo de oro. Bajó junto al roble y le contó a su dios lo ocurrido.
—Hice todo lo que me dijiste, pero no encontré a mi mujer.
—Esperá un momento —respondió el anciano—. No sabés el alboroto que causaste. Tampoco te dije todavía que un demonio la secuestró. Desde el mundo de abajo te vio pasear por el cielo cantando, y quedó tan sorprendido que sigue mirando hacia arriba. Mientras está distraído, voy a entrar por otro lado y sacarla de la caja donde la tiene encerrada.
El dios del roble cumplió su promesa. Regresó con la mujer y la reunió con su esposo. También les dejó el caballo de oro.
—No lo uses para volver al cielo. Quedate en la tierra y hacé que tenga crías.
La pareja siguió sus indicaciones y llegó a ser muy rica. El caballo de oro tuvo dos crías; éstas tuvieron otras, y sus descendientes se multiplicaron hasta llenar la tierra ainu.




