Un hombre había subido a las montañas a buscar corteza para hacer sogas. Cerca de un árbol descubrió una madriguera y, mientras estaba allí, vio llegar a un zorro. Se escondió a la sombra y escuchó.
—Conozco un negocio que nos va a dar buenas ganancias —dijo el recién llegado, hablando como una persona—. Podemos hacerlo mañana.
Desde adentro, otro zorro le contestó:
—Primero contame de qué se trata. Si conviene, voy.
—Vos te convertís en caballo y yo en hombre. Bajo montado hasta la costa, donde la gente tiene comida y objetos preciosos. Te vendo, cobro y me voy. Cuando te lleven a pastar y te aten en la ladera, vuelvo a buscarte. Después repartimos todo por mitades.
Al zorro de la madriguera le gustó el plan. Acordaron encontrarse al día siguiente, cerca del mediodía. El visitante se alejó y el hombre volvió a su casa.
Pero a la mañana siguiente el hombre llegó antes. Se paró frente a la madriguera e imitó la voz que había escuchado.
—¡Ya estoy acá! Salí y convertite en caballo.
Apareció un zorro grande. El hombre le explicó que él ya había tomado forma humana: así podrían viajar sin despertar sospechas. El zorro sacudió el cuerpo y se volvió un magnífico caballo de pelaje rojizo.
Bajaron juntos a una aldea rica. Apenas el hombre anunció que vendía el caballo, todos quisieron comprarlo. Lo cambió por abundantes provisiones y objetos preciosos, y se marchó solo.
El comprador apreciaba tanto aquel caballo que no quería dejarlo afuera. Lo guardó en su casa, cerró puertas y ventanas y le llevó pasto recién cortado. Pero el animal seguía siendo un zorro: no podía comer pasto. Quería pescado.
Pasaron unos cuatro días. Estaba por morir de hambre cuando consiguió escapar por una ventana. Corrió a buscar a su compañero con intención de matarlo. Allí descubrió que ninguno de los dos había hecho el negocio: un hombre se había adelantado y los había engañado.
Los zorros decidieron encontrarlo y matarlo. Antes de que lo hicieran, el hombre se presentó ante ellos.
—Escuché lo que planeaban y los engañé —admitió—. Les pido perdón. Pero matarme no les va a servir. Si me dejan vivir, prepararé bebida de arroz, levantaré símbolos sagrados en su honor y les rendiré culto. Cada vez que consiga una buena pesca, también les ofreceré pescado. Las personas seguirán honrándolos: así obtendrán más que con mi muerte.
Los zorros escucharon la propuesta.
—Eso nos conviene —respondieron—. Está muy bien.
Y así, dice este relato, comenzó la veneración del zorro entre ainu y japoneses. Así se cuenta.




