Un niño recibía dos visitas todos los días: un niño divino y una niña divina venían a jugar con él. Sólo él podía verlos. Sus padres miraban hacia donde jugaba y creían que estaba solo.
Un día enfermó. Durante su enfermedad, los compañeros dejaron de venir. Recién aparecieron cuando estaba tan débil que parecía por morir.
La niña se acercó y le habló:
—Sabemos por qué te enfermaste. Tu abuelo tenía un hacha hermosa. Con ella me hizo a mí, que soy una bandejita, y a mi compañero, que es un palo de mortero. El hacha es nuestro jefe y nosotros somos sus hijos. Pero tu padre la tiró. Ahora se está oxidando debajo del piso.
El niño la escuchó desde su lecho.
—El hacha está enojada —continuó ella—. Tu enfermedad es el castigo que recibe tu padre por haberla abandonado. Como fuimos tus compañeros de juego, vinimos a advertirte. Si querés vivir, decile que la busque, la pula y le haga un mango nuevo. También tiene que levantar símbolos sagrados en su honor. Entonces podrás sanar, y el hacha vendrá a visitarte con forma humana.
El niño repitió esas palabras a su padre. El hombre pensó que las había aprendido en un sueño. Buscó debajo del piso y encontró el hacha. Le quitó el óxido, la pulió, preparó un mango nuevo y levantó los símbolos en su honor.
Enseguida su hijo se curó.
Después llegó el hacha, convertida en un hombre muy hermoso. La acompañaban la bandeja y el palo de mortero. Los tres pasaron a ser como hermanos del niño.
El hacha, por ser una divinidad, conocía lo que sucedía y la causa de cada cosa. Junto con sus compañeros, le contaba todo. Si alguien enfermaba, el niño sabía por qué y cómo atenderlo.
Los demás sólo lo veían a él. No podían ver al hacha, la bandeja ni el palo de mortero. Por eso llegó a ser considerado un gran adivino, capaz de cambiar la muerte por vida.
De allí viene la advertencia con que termina el relato: no tiren las cosas de sus antepasados, porque los dioses pueden castigar su abandono.




