Un matrimonio anciano cultivaba una pequeña parcela. No tenía hijos y había volcado gran parte de su cariño en Shiro, un perro blanco. Cuando comían algo especialmente rico, guardaban una porción para él. Al caer la tarde, Shiro esperaba en la galería el regreso de su dueño.
En la casa vecina vivía otra pareja que los trataba con hostilidad. Si el perro se acercaba, lo echaban a golpes o le tiraban cosas.
Una mañana Shiro empezó a ladrar en el campo. Su dueño salió a ver qué pasaba. El perro le tomó la ropa con los dientes, lo llevó hasta un árbol y comenzó a cavar. El anciano buscó una pala y continuó donde el animal había señalado.
Debajo de la tierra aparecieron monedas de oro. Cuanto más cavaba, más encontraba. Llamó a su esposa y juntos llevaron el tesoro a casa. Shiro se sentó a mirarlos, con la cola en movimiento.
Desde el otro lado de la cerca, el vecino había visto todo. Días después pidió prestado al perro. Su dueño dudó, porque conocía los maltratos anteriores, pero terminó aceptando con la condición de que lo cuidara.
El vecino llevó a Shiro hasta un árbol de su propio campo y le exigió encontrar monedas. Lo sujetó del cuello y le empujó la cabeza hacia la tierra. El perro rascó para soltarse. El hombre creyó que había descubierto algo y empezó a cavar.
Encontró basura y un olor desagradable. En vez de reconocer que el animal no le había prometido ningún tesoro, se enfureció con él. Lo golpeó con la pala, lo mató y lo enterró en el mismo pozo.
Pasaron varios días sin que Shiro volviera. Su dueño fue a buscarlo y el vecino le contó lo que había hecho. El anciano lloró. Al saber dónde estaba enterrado, pidió que le dieran el árbol de ese lugar para conservar un recuerdo de su perro.
Lo cortó, llevó la madera a casa y fabricó un mortero. Su esposa puso arroz dentro. Querían preparar pastelitos para una celebración en memoria de Shiro.
Cuando el anciano empezó a moler, el arroz se multiplicó. Los pasteles salían como si trabajara una mano invisible, y eran más sabrosos que cualquier otro alimento. La pareja entendió aquel prodigio como un regalo de su perro. Desde entonces, el mortero les proporcionó comida sin agotarse.
El vecino supo de la nueva maravilla y volvió a pedir un préstamo. Aseguró que él también quería preparar pasteles en recuerdo de Shiro. Al anciano le costaba desprenderse del mortero, pero otra vez no pudo negarse.
El objeto no regresó. Cuando fue a buscarlo, encontró al vecino junto a una fogata. Había astillas en el suelo.
—Lo rompí y lo quemé —le dijo—. En vez de pasteles, me daba cosas de olor espantoso.
El dueño lamentó la pérdida.
—Si querías comida, podías habérmela pedido. Te habría dado la que necesitaras. Ahora dejame llevar las cenizas, para guardar algo de Shiro.
Volvió con una canasta. Poco después, parte de las cenizas cayó por accidente sobre los árboles de su jardín. Era el final del otoño y las ramas estaban desnudas, pero apenas las tocaron, brotaron flores. Cerezos, ciruelos y arbustos transformaron el lugar en un jardín de primavera.
La noticia se extendió. Un día llegó un servidor de un señor poderoso, un daimio. El cerezo favorito de su amo se había secado y nadie había podido devolverle la vida. Le pidió al anciano que fuera a probar sus cenizas.
En el palacio, el hombre trepó hasta una bifurcación del árbol y esparció un puñado sobre las ramas. El cerezo floreció ante todos. El daimio, encantado, lo recompensó con oro, plata y otros regalos. También le dio un nombre nuevo: el Anciano que Hace Florecer los Árboles.
El vecino volvió a sentir envidia. Recordó que todavía le quedaban cenizas del mortero quemado. Las reunió y salió por los caminos anunciando que podía hacer florecer cualquier árbol seco.
El daimio lo oyó y mandó llamarlo. Al verlo, notó que no era la misma persona de la visita anterior.
—¿Vos sos el anciano al que di ese nombre?
—Soy el verdadero —mintió el vecino—. El otro es mi discípulo.
Lo llevaron al jardín. Lanzó cenizas sobre un árbol, pero no apareció una sola flor. Probó con más. Después volvió a intentarlo, cada vez más nervioso, hasta que el viento llevó el polvo a los ojos del señor.
El daimio se enojó y ordenó encerrarlo por impostor. El vecino no volvió a salir de prisión.
El dueño de Shiro, en cambio, pasó una vejez próspera y respetada. Los regalos del palacio se sumaron a las monedas que el perro había descubierto. Aunque Shiro ya no estaba, su recuerdo había acompañado cada una de aquellas transformaciones.



