Un hombre viajaba de pueblo en pueblo mostrando los trucos de su mono. Durante años, el animal había bailado y hecho piruetas para que su dueño ganara dinero. Pero se había vuelto viejo y ya no recordaba todo ni se movía como antes.
Una noche el hombre llegó enojado y le dijo a su esposa que al día siguiente llamara al carnicero.
—Por más que le pego, no baila bien. Voy a venderlo mientras todavía pueda conseguir algo por él.
La mujer le pidió que lo dejara vivir tranquilo después de tantos años de trabajo. Su marido no quiso escucharla.
Desde el cuarto de al lado, el mono oyó la conversación. Comprendió que iban a matarlo y se quedó pensando cómo escapar de ese destino. Había oído que un jabalí del bosque era muy sabio. Tal vez pudiera aconsejarlo.
Salió de la casa y fue a buscarlo. Le contó su historia y le pidió ayuda. El jabalí pensó un rato.
—Tu dueño tiene un bebé, ¿no? Mañana voy a llevármelo cuando su madre lo deje junto a la entrada. Vos corré detrás de mí y devolvelo sano a sus padres. Después de eso, quizás cambien de idea.
El mono aceptó. Esa noche casi no durmió. Antes de que amaneciera ya estaba esperando, pendiente de cada ruido.
La mujer abrió las puertas, acomodó al bebé cerca del porche y empezó sus tareas. El pequeño jugaba con las manchas de luz sobre la estera. De pronto el jabalí apareció, lo agarró y salió por la puerta.
La madre escuchó el llanto y corrió. Al ver que se llevaban a su hijo, fue a despertar al marido. Él tardó en comprender lo que pasaba. Cuando ambos llegaron afuera, el jabalí ya estaba lejos, pero vieron al mono que corría detrás.
El animal alcanzó a su compañero, recibió al bebé y volvió con él en brazos. Lo entregó sin daño a sus padres, que lo abrazaron con alivio.
—Ese es el mono que querías matar —dijo la mujer—. Acaba de devolvernos a nuestro hijo.
El marido cambió de decisión.
—Cuando llegue el carnicero, decile que el mono se queda. Y prepará desayuno para todos, también para él.
El carnicero se fue sin comprar al animal. En su lugar recibió un pedido de carne de jabalí para la cena. Los padres nunca supieron que el rescate había sido preparado entre los dos amigos.
Desde entonces, el mono vivió tranquilo en la casa. Lo cuidaron durante el resto de sus días y su dueño no volvió a pegarle.



