Un anciano compartía su casa con su esposa y con una gorriona a la que quería mucho. Al volver de trabajar abría la jaula, la dejaba volar por el cuarto y conversaba con ella. La llamaba Suzume San. Durante la cena le reservaba pequeñas porciones de comida.
Su esposa, en cambio, estaba cansada de encontrar plumas y de limpiar lo que el pájaro ensuciaba. Una mañana había preparado pasta de arroz para almidonar la ropa. Cuando fue a buscarla, encontró el recipiente vacío.
La gorriona bajó hasta ella e inclinó la cabeza.
—Me la comí yo. Pensé que era comida para mí. Si me equivoqué, perdoname.
La mujer se enfureció. Agarró unas tijeras, le cortó la lengua y la echó de la casa. Después volvió a preparar la pasta como si pudiera seguir con su día.
Al anochecer, el anciano no encontró a su compañera de juegos. La llamó desde la entrada, miró en la jaula y preguntó por ella. Su esposa dijo primero que no sabía nada, pero él insistió hasta que le contó lo ocurrido.
El hombre quedó desolado. Esa noche pensó en la gorriona herida, sola y sin poder cantar. Al fin decidió que saldría a buscarla apenas amaneciera.
Cruzó colinas y bosques. En cada grupo de bambúes se detenía a llamarla. Caminó tanto que dejó pasar la hora de comer. Ya era tarde cuando, a la entrada de un gran bosquecito de bambú, vio al pájaro que esperaba.
Suzume San se inclinó, aleteó y le habló como antes.
—¡Podés hablar! —exclamó él—. ¿Y tu lengua?
La gorriona abrió el pico. Le había crecido una nueva. Estaba sana: era un ser mágico, aunque el anciano no lo había sabido hasta ese día.
Ella lo condujo a una hermosa casa escondida entre los bambúes. Había almohadones de seda, esteras claras y pequeñas cajas de laca. La familia de Suzume San recibió al visitante, y sus hijas sirvieron comida y bailaron para él.
El anciano, que había llegado con tanto miedo, pasó horas conversando y riéndose. Al oscurecer tuvo que despedirse. Lo esperaban su casa y su trabajo, pero prometió volver cuando pudiera.
—Ahora sé que estás bien —le dijo—. Si alguna vez me necesitás, mandame a buscar.
Antes de que se fuera, la gorriona hizo traer dos cajas: una grande y otra pequeña.
—Elegí la que quieras. Es un regalo por todos los años en que me cuidaste.
El anciano eligió la pequeña. Era mayor y le costaría cargar la otra durante todo el camino. La familia lo ayudó a acomodársela en la espalda y lo acompañó hasta la puerta.
Cuando llegó, su esposa estaba enojada por la demora. Él le contó la visita y puso el regalo entre los dos. Al levantar la tapa aparecieron monedas de oro y plata, junto con otros objetos preciosos. Sacaron las riquezas una por una y las extendieron sobre las esteras.
El hombre agradecía a Suzume San. Su esposa, en cambio, no podía dejar de pensar en lo que faltaba.
—Si esta caja tiene tanto, ¡imaginá lo que habrá en la grande! ¿Por qué no la trajiste?
A la mañana siguiente le hizo explicar el camino y salió a buscarla. El anciano trató de disuadirla, pero ella no quiso escuchar.
La familia de la gorriona recordaba cómo había vuelto Suzume San, herida por un error tan pequeño. No recibió con alegría aquella visita. Aun así, la dueña de casa salió a saludarla.
—No hace falta que me invites a comer —dijo la mujer—. Vine por la caja grande que mi marido dejó acá.
Suzume San ordenó que la trajeran. La visitante se la cargó a la espalda y partió sin agradecer. Pesaba tanto que tuvo que descansar muchas veces. A cada paso crecía su curiosidad, hasta que decidió abrirla al costado del camino.
En cuanto levantó la tapa, saltaron figuras espantosas: un demonio de un solo ojo, monstruos de bocas enormes, una serpiente y un sapo gigantesco. La rodearon como si fueran a devorarla.
La mujer escapó corriendo. Llegó a casa temblando, se dejó caer en el suelo y contó lo sucedido. Estaba viva, pero nunca había sentido tanto miedo.
Cuando empezó a culpar a la gorriona, el anciano le recordó el daño que ella le había hecho y la codicia con que había ido a buscar otro regalo. Esta vez su esposa lo escuchó.
No cambió de una mañana a otra. Fue dejando sus maltratos y aprendiendo a vivir de otra manera. Con el tiempo, los dos encontraron tranquilidad. Administraron con cuidado el tesoro de la caja pequeña y pasaron juntos, sin privaciones, sus últimos años.



