En una casa vivían un matrimonio, su hijo de diez años y el abuelo, que tenía ochenta. El anciano ya no podía trabajar. Su presencia provocaba discusiones entre los adultos, aunque el nieto lo quería mucho.
Una mañana de lluvia, el padre cedió ante la insistencia de su esposa y decidió llevar al abuelo a una choza que tenían en el campo, lejos de la casa.
Llamó al chico.
—Prepará una canasta con comida y una manta. Vamos a llevar a tu abuelo al campo.
El hijo lloró y le pidió que no lo hiciera. El padre no cambió de idea.
Entonces el chico tomó la manta y la cortó por la mitad.
—¿Por qué hiciste eso? —le preguntó su padre, sorprendido.
—Guardo una parte para vos. Cuando seas viejo, voy a llevarte a esa misma choza y darte esta mitad.
El hombre miró el pedazo que había quedado en sus manos. La decisión que acababa de tomar se le apareció de otra manera: ahora él ocupaba el lugar del anciano.
Mandó deshacer los preparativos. El abuelo permaneció en la casa, y desde entonces su hijo se ocupó de cuidarlo.



