Un hombre tenía dos esposas. Una de ellas no había tenido hijos, y él dejó de visitarla. La mujer sufría por su soledad hasta que un pájaro le llevó unas bolitas y le indicó que las comiera antes de cada comida: después tendría una hija.
Ella quiso darle mijo para agradecerle. El pájaro no lo aceptó. Tampoco quiso un adorno para el pecho. En cambio, recibió con gusto la grava fina que la mujer puso delante de él.
Nació una niña, Tangalimlibo. Su madre decidió mantenerla en casa hasta que el marido fuera a verla: esperaba que, al conocerla, volviera a quererlas. Pero él seguía visitando solamente a su otra esposa. Tangalimlibo creció y solo salía de noche, cuando nadie podía verla.
Cuando por fin el padre llegó, la niña ya era una joven. Se alegró y le preguntó a su esposa por qué no se lo había contado. Mandó preparar cerveza e invitó a una gran celebración bajo el árbol que había frente al corral.
Entre los invitados estaba el hijo de un jefe. Se enamoró de Tangalimlibo y después pidió a su padre que la enviara para casarse con él. La familia la acompañó y hubo una gran fiesta. Su padre le regaló un buey que llevaba su mismo nombre. Ella arrancó un pedacito de su ropa y se lo dio; el animal se lo comió.
Pasó el tiempo y Tangalimlibo tuvo un hijo. Su esposo la quería, pero todos advertían una particularidad: nunca salía durante el día. Por eso la llamaban Sihamba Ngenyanga, la que camina con la luna.
Un día el marido se fue de cacería. En la casa quedaron sus padres, Tangalimlibo, el bebé y la joven que ayudaba a cuidarlo. El suegro quiso obligar a su nuera a salir. Fingió tener una sed terrible.
Tangalimlibo le envió agua, pero él la tiró al suelo.
—Quiero agua del río.
—Yo nunca voy al río de día —respondió ella.
Él insistió hasta que Tangalimlibo tomó un recipiente para leche y un cucharón de calabaza. Fue al río llorando. Al meter el cucharón, el agua se lo arrancó. Después le arrebató el recipiente. Intentó recoger agua con su manto y el río se la llevó a ella también.
La cuidadora salió a buscarla y regresó sola. El suegro llevó los bueyes al río, mató al que tenía el nombre de Tangalimlibo y entregó al agua todo el animal.
—Que esto quede en lugar de mi hija.
Desde el río se oyó una voz:
—Vayan a decirles a mi padre y a mi madre que el río me llevó.
Esa noche nadie conseguía calmar al bebé. La abuela lo intentó y luego se lo pasó a la cuidadora. La joven lo cargó a la espalda y bajó al río cantando que lloraba el hijo de la que camina con la luna.
Tangalimlibo salió del agua. Cantó su pena: la habían enviado de día, el cucharón había desaparecido, luego el recipiente y al fin el manto. Tomó a su hijo y le dio de mamar.
Antes de volver al río le ordenó a la cuidadora que no revelara aquellas visitas. Si preguntaban qué comía el bebé, debía decir que le daba bayas. Durante varias noches la joven volvió al río y la madre alimentó a su hijo.
Cuando el marido regresó de cazar y supo la desaparición, preguntó cómo se alimentaba el niño. La cuidadora respondió lo acordado. Él mandó traer bayas para verlo comerlas, pero el bebé no las comió. Entonces golpeó a la joven hasta obligarla a contar la verdad.
Prepararon un rescate. El marido cortó una piel de buey en una larga correa, se ató un extremo a la cintura y dejó el otro en manos de los hombres de la aldea. Debían tirar cuando sintieran el tirón.
Esa noche se escondió entre los juncos. Tangalimlibo salió, miró alrededor y preguntó si había alguien. La cuidadora le dijo que no. Apenas tomó al bebé, el marido la abrazó con fuerza y los hombres comenzaron a tirar de la correa.
Pero el río avanzó detrás de Tangalimlibo y sus aguas se volvieron sangre. Cuando llegó cerca de la aldea, los hombres se asustaron y soltaron la correa. El río retrocedió, llevándose otra vez a la mujer.
Solo entonces le contaron al marido el mensaje que había salido del agua: había que avisar a los padres de Tangalimlibo. Le pidió a su buey de carreras que llevara la noticia. El animal mugió. Se lo pidió al perro, que ladró. Finalmente llamó al gallo.
—Yo voy —respondió el gallo.
Cantó para mostrar cómo daría el mensaje: no debían matarlo, llevaba noticias de Tangalimlibo, que había ido a buscar agua de día; el buey solo había mugido y el perro solo había ladrado. En su canto anunciaba que Tangalimlibo estaba muerta.
El gallo partió. Unos chicos que cuidaban terneros quisieron atraparlo para matarlo. Él cantó. Le pidieron que repitiera la canción y, después de escucharla, lo dejaron seguir.
Más adelante descansó sobre un corral. Los hombres de aquella aldea también ordenaron matarlo, hasta que empezó a cantar. Quisieron oírlo otra vez.
—Primero denme comida: tengo hambre —pidió.
Le trajeron mijo. Comió, repitió el mensaje y pudo continuar.
Al fin llegó a la casa de los padres de Tangalimlibo. Su madre, que conocía el uso de los preparados medicinales, le dijo al marido que llevaran un buey gordo.
Fueron hasta el río y sacrificaron el animal. Mientras echaban la carne al agua, la madre trabajó con sus preparados. El río se sacudió y creció. Entonces Tangalimlibo salió.
Esta vez pudieron llevarla a casa de su esposo, entre la alegría de quienes la recibían.



