Una mujer llevó a su hija pequeña al huerto y la dejó a la sombra de un árbol mientras trabajaba. Al mediodía llegaron dos pájaros, levantaron a la niña y se la llevaron sobre un gran río.
La pequeña llamó a su madre, pero ella no imaginó lo que estaba pasando. Recién por la tarde notó la ausencia. Buscó por todas partes y preguntó a los vecinos. Algunos habían oído a la niña gritar que se iba con los pájaros.
Las aves la dejaron con cuidado entre las calabazas de una llanura. Cerca vivía un pueblo de devoradores de personas cuyos habitantes tenían una pierna mucho más larga que la otra. Aquella noche, su jefe soñó con una niña en el campo y al amanecer envió a buscarla.
Ella intentó esconderse entre las plantas, pero ya la habían visto. El jefe la puso al cuidado de su madre. Cuando la niña creció, la tomó por esposa. Tuvieron dos hijos: uno tenía las piernas del mismo largo, como ella; el otro, una más larga que la otra, como el padre.
Algunos habitantes temían que el primero pudiera dar origen a un pueblo más fuerte que ellos. Convirtieron esa diferencia en una razón para proponer su muerte y comer su cuerpo. Al final consiguieron el consentimiento del jefe.
Lejos de allí, la madre que había perdido a su hija tuvo un varón. Uno de sus costados era de carne y el otro de hierro. Le contó la desaparición de su hermana, y cuando él fue adulto salió a buscarla.
Llegó a un río crecido, lo golpeó con una vara de hierro y gritó:
—Río, no tengo a mi hermana. ¡Quedate vacío!
El agua desapareció y Costado de Hierro cruzó. Más adelante se escondió entre los juncos del arroyo donde el pueblo buscaba agua. Su hermana llegó con un recipiente, y él la reconoció.
Ella nunca lo había visto. Él le explicó quién era, y la mujer le advirtió que lo devorarían si entraba sin que alguien lo presentara. Acordaron que se cubriría de barro, subiría a una colina y aparecería desde allí.
Cuando lo vio bajar, ella anunció dos veces:
—Ahí viene el servidor de la esposa del jefe.
Le extendieron una estera frente a su casa y luego lo dejaron entrar. Al día siguiente salió de cacería con los demás y consiguió más animales que todos ellos. Eso despertó su envidia.
Poco después, uno de los habitantes, compadecido, fue a advertirle a la mujer que pensaban matar a su hija. Costado de Hierro escuchó el aviso. Le dijo a su hermana que se arrancara mechones de pelo y los dispersara en distintas direcciones. Ella lo hizo. Después los tres huyeron.
Cuando fueron a buscar a la niña y la llamaron por su nombre, los mechones respondieron con su voz. Los perseguidores se confundieron, mientras los fugitivos ganaban distancia.
Los tres cruzaron el gran río. La niña temblaba, pero él intentó tranquilizarla. Desde la otra orilla golpeó el cauce con su vara.
—Río, encontré a mi hermana. ¡Volvé a llenarte!
El agua subió hasta lo alto de las barrancas. Llegó un grupo de perseguidores. Costado de Hierro les arrojó una soga, y ellos la tomaron creyendo que los ayudaría a cruzar. Cuando estaban en medio de la corriente, él la soltó. Todos se ahogaron.
Otro grupo llegó después y preguntó por sus compañeros. Costado de Hierro dijo que habían ido a un paso río abajo. Ellos no le creyeron y regresaron a su pueblo. Allí descubrieron quién había dado el aviso y lo mataron para comérselo.
Costado de Hierro llevó a su hermana hasta la casa materna. Su madre la recibió con enorme alegría: durante todos aquellos años nunca la había olvidado.



