Hace mucho tiempo, en una casa apartada de las grandes ciudades de Japón, vivían una mujer, su marido y la hija de ambos. La nena nunca había visto la capital. Su madre tampoco había viajado hasta allí. Por eso, cuando el padre tuvo que ir por unos asuntos, su regreso se convirtió en un acontecimiento.
Volvió con regalos. Para su hija trajo juguetes y dulces; para su mujer, un objeto redondo guardado en una caja. De un lado tenía dibujos. Del otro, una superficie tan pulida que parecía contener una ventanita.
La mujer miró por esa ventanita y se quedó sorprendida.
—¡Hay una mujer adentro! Lleva la misma ropa que yo.
Su marido se rio con suavidad y le explicó que era un espejo. La mujer del interior era su propio reflejo. Ella nunca había visto uno. Lo guardó con cuidado y lo reservó como un recuerdo precioso de aquel viaje.
Pasaron los años. La nena creció, y su madre enfermó. Cuando comprendió que no iba a recuperarse, llamó a su hija y le entregó la caja.
—Cuando me extrañes y quieras verme, mirá acá. Podrás hablarme de lo que te pase.
La madre murió. Durante los primeros días, la casa pareció demasiado grande y demasiado silenciosa. Una tarde, la joven recordó el regalo. Abrió la caja, levantó el espejo y vio un rostro que conocía: la cara de su madre cuando estaba sana, joven y sonriente.
No sabía cómo funcionaba un espejo. Tampoco sabía cuánto se parecía ya a ella. Se quedó mirándola un largo rato. A la mañana siguiente volvió a hacerlo, y aquella costumbre le dio un pequeño consuelo en medio de su tristeza.
Tiempo después, su padre se casó otra vez. Al principio la convivencia fue tranquila, pero la nueva esposa empezó a desconfiar de la joven. Le molestaba que se encerrara a solas, y cada gesto reservado le parecía una señal de rechazo.
Un día se asomó sin avisar y la vio inclinada sobre algo brillante, hablando en voz baja. En lugar de preguntarle qué hacía, fue a buscar al padre.
—Tiene una imagen escondida y murmura delante de ella. Creo que está haciendo un hechizo contra mí.
El padre no quiso creerlo, pero la sospecha lo inquietó. Entró en el cuarto de su hija. Ella, sorprendida, escondió el espejo en la manga, y él le habló con una dureza que la hizo llorar.
—Mostrame qué estabas mirando.
La joven sacó el regalo y explicó la promesa de su madre. Lo sostuvo delante de sí.
—¿No la ves? Está acá.
El padre miró el reflejo. Reconoció los ojos, la forma de la cara, la expresión que tanto había querido. Entonces entendió.
—Esa sos vos —dijo—. Te parecés muchísimo a ella.
Después le pidió perdón por haberla acusado sin escucharla. La nueva esposa, que había oído la conversación desde la puerta, entró también. Reconoció sus celos y el daño que había causado. La joven aceptó sus disculpas, y en los días que siguieron los adultos empezaron a tratarla con el cuidado que le debían.
El espejo siguió en su caja. Ahora la muchacha sabía qué había del otro lado. Aun así, cuando lo levantaba, encontraba algo de su madre en su propia sonrisa. El reflejo había dejado de ser un misterio; el recuerdo no había perdido su lugar.


