Una cuerda intenta detener el camino del Sol; un manantial guarda una historia familiar; una roca conserva la huella de una transformación. En estos relatos, los lugares y las acciones quedan unidos por vínculos que pueden ser generosos, difíciles o violentos.
La selección recorre narraciones Kānaka Maoli / hawaianas publicadas en 1907, manteniendo los lugares y las contribuciones de cada capítulo. Las afirmaciones maravillosas se cuentan como parte de los relatos. No se presentan como explicaciones científicas ni como una única voz de todo Hawái.
Maui, hijo de Hina-lau-ae y Hina, vivía con su familia en Makalia, por encima de Kahakuloa, al oeste de la isla de Maui. Su madre fabricaba kapa, una tela de corteza que debía extender al sol para que se secara. Pero los días eran tan cortos que apenas terminaba de desplegar las telas ya tenía que guardarlas. A la mañana siguiente volvía a sacarlas, y al atardecer todavía seguían húmedas.
En tiempos del rey Kealiikukii, Kahawali era jefe de Puna, en la isla de Hawaii. Un día fue con uno de sus compañeros a deslizarse en holua, el trineo que se usaba sobre las laderas. La cuesta donde jugaron quedó asociada con su nombre: el lugar de deslizamiento de Kahawali.
Cerca de la cumbre de Hualalai, en una cueva del lado sur de la montaña, vivían Hina y su hijo Hiku. Él era un kupua, un ser de poderes extraordinarios. Había pasado toda su infancia y su juventud a solas con su madre, sin bajar nunca a las llanuras donde vivían otras personas.
En una época cuyo año no se recuerda, cuando Milu vivía en Waipio, llegaron a las islas varias personas con sus esposas desde la lejana Kahiki. El relato dice que eran de naturaleza divina. Allí donde pasaban, llamaban la atención.
En la costa norte de Molokai, entre los valles de Pelekunu y Waikolu, el promontorio de Haupu se levantaba sobre el mar como el filo de un hacha. Frente a él sobresalían del agua unas rocas agudas. Este relato cuenta cómo llegaron a estar allí.
En la cabecera del valle de Manoa estaba Akaaka, una saliente de la montaña por encima de Waiakeakua, el agua de los dioses. Akaaka se había unido a Nalehuaakaaka, vinculada con los arbustos de lehua de su cumbre. Tuvieron dos hijos mellizos: Kahaukani, un varón asociado con el viento de Manoa, y Kauakuahine, una niña asociada con su lluvia.
En las montañas de Kaala vivía un jefe llamado Kahaakea. Tenía dos hijos mellizos, un varón y una niña. Su madre había muerto al dar a luz. El niño se llamaba Kauawaahila, Lluvia de Waahila, y la niña Kauakiowao, Niebla de Montaña.
En la meseta entre Ewa y Waialua estaba Kukaniloko, el lugar sagrado donde, según esta historia, debían nacer los hijos de la línea real de Oahu. Si una madre daba a luz fuera de allí, su descendencia perdía los privilegios correspondientes a ese rango.
Eleio era un kukini, un corredor entrenado al servicio de Kakaalaneo, rey de Maui. Los jefes importantes contaban con hombres capaces de llevar mensajes por el camino más directo: trepaban laderas, saltaban arroyos y cruzaban precipicios sin rodearlos.
En el valle de Mapulehu, al este de Kaluaaha, se levantaba el heiau de Iliiliopae. El templo miraba hacia el puerto de Ai Kanaka, también llamado Pukoo. Lo había mandado construir Kupa, soberano de aquella parte de Molokai, y allí tenía su residencia.
Kapoi vivía en Kahehuna, en Honolulu. Un día fue a Kewalo a buscar material para cubrir el techo de su casa. Al volver encontró unos huevos de búho y se los llevó.
En Mokuleia, en la región de Waialua, vivían dos ancianos que rezaban a Kaneaukai para pedir una pesca abundante. Tenían pocas posesiones. Al terminar su comida de poi y pescado solían beber awa.
Kamohoalii, el rey tiburón de Hawaii y Maui, tenía varias cuevas profundas junto a los acantilados de Waipio y Kohala. Entre sus moradas estaban Koamano y el pequeño islote de Maiaukiu. Según las creencias recogidas en esta historia, algunos dioses tiburón podían tomar otras formas, incluso la humana.
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