BibliotecaKahalaopuna, la joven de Manoa
Un gran búho devuelve la vida a Kahalaopuna junto a una piedra del bosque de Manoa.

Archipiélago de Hawái · Oahu: Manoa, Nuuanu, Kalihi, Pohakea, Waikiki y Waianae · Relato tradicional

Kahalaopuna, la joven de Manoa

Relatos hawaianos · testimonio histórico de 1907

21 min de lectura*16+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

En la cabecera del valle de Manoa estaba Akaaka, una saliente de la montaña por encima de Waiakeakua, el agua de los dioses. Akaaka se había unido a Nalehuaakaaka, vinculada con los arbustos de lehua de su cumbre. Tuvieron dos hijos mellizos: Kahaukani, un varón asociado con el viento de Manoa, y Kauakuahine, una niña asociada con su lluvia.

Al nacer, los chicos quedaron al cuidado de dos parientes de Akaaka, el jefe Kolowahi y la jefa Pohakukala, que eran hermanos entre sí. Él crió al niño; ella, a la niña. Los mellizos crecieron separados y sin saber que eran hermanos.

Cuando fueron mayores, sus padres de crianza decidieron casarlos. Como desconocían su parentesco, no se opusieron. De esa unión nació Kahalaopuna. El relato enlaza así el viento y la lluvia de Manoa y hace de su hija una joven de belleza extraordinaria.

Para ella construyeron una casa en Kahaiamano, camino de Waiakekua. Vivía allí con unos pocos servidores. Alrededor había una cerca de auki, y a cada lado de la entrada se levantaba un puloulou: un poste con una bola de kapa blanca que señalaba un lugar kapu, reservado a una persona de rango sagrado.

Desde pequeña, el rostro de Kahalaopuna despedía un resplandor tan intenso que atravesaba el techo de su casa. Una luz rosada la envolvía y, cuando bajaba a bañarse al manantial, los rayos la rodeaban. La voz histórica recoge la creencia de que ese brillo podía volver a verse cuando su espíritu visitaba la antigua morada.

Desde niña estaba prometida a Kauhi, un joven jefe de Kailua, en Koolau. La familia de él consideraba un honor aquella unión con alguien de ascendencia semidivina. Por eso enviaba para su mesa el poi de Kailua y el pescado de Kawainui. Kahalaopuna creció alimentada con las provisiones de su futuro marido.

Cuando llegó a la juventud, la gente del valle se acercaba hasta el límite permitido de sus tierras para verla pasar hacia el manantial. La fama de su belleza llegó a Kumauna y Keawaa, dos hombres que nunca la habían visto.

Ambos tenían una contracción en los párpados inferiores. La versión antigua insiste en su aspecto y dice que, por ese motivo, no se animaban a presentarse como pretendientes. Sin embargo, hablaban de ella como si los hubiera elegido. Se adornaban con guirnaldas de maile, jengibre y helechos, iban a bañarse a Waikiki y aseguraban que aquellas guirnaldas eran regalos amorosos de Kahalaopuna.

Cuando las olas de Kalehuawehe estaban buenas para deslizarse sobre ellas, llegaba gente de toda la isla. Kauhi era uno de los que iban. Faltaba poco para su casamiento y todavía no conocía a su prometida.

Escuchó tantas veces las jactancias de Kumauna y Keawaa que terminó creyéndolas. Los celos se volvieron furia y decidió matar a Kahalaopuna.

Salió hacia Manoa al amanecer. En Mahinauli descansó bajo un árbol de hala, entre los wiliwili, y siguió alimentando su enojo. Antes de continuar arrancó un racimo pesado de frutos de hala y lo llevó consigo.

Era cerca del mediodía cuando llegó a Kahaiamano. Kahalaopuna acababa de despertar y estaba recostada sobre sus esteras, mirando la puerta y pensando en ir al agua. Vio al desconocido y, por las descripciones que había oído tantas veces, reconoció a Kauhi.

Lo invitó a entrar. Él se negó y le ordenó salir. Ella había aprendido desde pequeña a considerarse ligada a aquel hombre por las provisiones con que la criaban, y obedeció sin dudar.

Kauhi la contempló un momento. Su belleza y su obediencia lo hicieron vacilar, pero no abandonar su propósito.

—Andá a bañarte. Después preparate para acompañarme al bosque.

Mientras ella estaba en el manantial, él observó el resplandor semejante a un arcoíris que jugaba sobre el agua. Sentía deseo, celos y pesar. Aun así, seguía creyendo la acusación. Le enfurecía también imaginar que ella hubiera preferido a dos hombres a quienes él consideraba inferiores por su rango y su apariencia.

Cuando Kahalaopuna volvió, le hizo una seña y empezó a caminar sin hablar. Atravesaron Kumakaha hacia Hualea.

—¿No querés quedarte a comer antes de salir? —preguntó ella.

—No tengo hambre.

Su expresión la asustó.

—¿Estás enojado conmigo? ¿Hice algo que te molestara?

—¿Qué habrías hecho para molestarme? —respondió él, y siguió andando.

Llegaron a una gran piedra en Aihualama. Allí Kauhi se volvió hacia ella.

—Sos hermosa, mi prometida. Pero me fuiste infiel y tenés que morir.

Kahalaopuna lo miró sorprendida. Al reconocer su intención, le preguntó por qué, si iba a matarla, no lo había hecho en su casa, donde los suyos podrían enterrarla. ¿Quién recogería sus restos en aquel bosque? También le pidió que buscara pruebas antes de creer una acusación.

Kauhi no la escuchó. La golpeó con el racimo de hala y la mató. Cavó debajo de la piedra, la enterró y tomó el camino hacia Waikiki.

Un gran búho los había seguido desde la casa. Era una divinidad y pariente de Kahalaopuna. Apenas quedó solo, apartó la tierra, limpió el cuerpo con las alas y le sopló en la nariz hasta devolverle la vida. Después frotó con su cara la herida de la joven y la curó.

Kauhi todavía no había ido lejos cuando oyó cantar a Kahalaopuna. Ella lamentaba su crueldad y le pedía que la creyera o que, al menos, probara lo que decía.

Él volvió. Al ver al búho, comprendió cómo había revivido. Le ordenó a la joven seguirlo y subió por la cresta que separaba Manoa de Nuuanu.

Para Kahalaopuna fue un camino penoso. Tuvo que atravesar matorrales espinosos y sostenerse de enredaderas contra las rocas. Kauhi iba adelante y sólo miraba hacia atrás para comprobar que lo seguía. No la ayudó.

Llegó a la cumbre arañada y con la falda desgarrada. Se sentó sobre una piedra para recuperar el aliento y preguntó adónde iban. Él no contestó: volvió a golpearla, la mató por segunda vez y la enterró. Después partió hacia Waikiki por la cresta de Kakea.

En cuanto desapareció de la vista, el búho la sacó de la tierra y la hizo revivir. Kahalaopuna volvió a cantar, expresando su amor y su dolor, y pidiendo que Kauhi abandonara unas sospechas injustas.

Él regresó y otra vez la obligó a seguirlo. Bajaron al valle de Nuuanu, por Kaniakapupu, y cruzaron hasta Waolani. Allí la mató y enterró por tercera vez. El búho volvió a rescatarla.

En su siguiente canto, Kahalaopuna recordó los lugares difíciles que habían atravesado y pidió perdón por una falta que ni siquiera conocía.

Lejos de ablandarse ante lo que ella sufría, Kauhi se volvía más cruel. Quería matarla definitivamente y pensaba en el poi y el pescado que, según él, su familia había desperdiciado en alimentarla.

La llevó hasta Kilohana, en lo alto del valle de Kalihi, y la mató por cuarta vez. El búho volvió a devolverle la vida. Una vez más, su canto hizo saber a Kauhi que seguía viva.

Entonces la condujo a través de barrancos y llanuras hasta Pohakea, en la ladera de las montañas de Kaala que mira a Ewa. Allí la mató por quinta vez y la enterró bajo un gran árbol de koa. Tuvo cuidado de dejar las raíces cruzadas sobre el cuerpo.

El búho intentó excavar. Sus garras se enredaban una y otra vez. Cuanto más removía la tierra, más atrapado quedaba. Lastimado y con las plumas revueltas, no consiguió llegar hasta ella. Abandonó el intento y siguió a Kauhi hacia Waikiki.

Pero había otro testigo: Elepaio, un pequeño pájaro emparentado con Kahalaopuna. Al ver que el búho se iba, voló a buscar a Kahaukani y Kauakuahine y les contó todo.

Los padres sabían que su hija había salido con Kauhi. Los servidores lo habían reconocido y habían creído que iban a dar un paseo por los bosques cercanos. Todavía no estaban muy preocupados. La noticia del pájaro los llenó de espanto y, al principio, les costó creer que alguien hubiera tratado así a su hija.

Mientras tanto, el espíritu de Kahalaopuna se apareció ante unas personas que pasaban cerca del koa. Un joven se compadeció y fue hasta el lugar que ella le indicó. Apartó raíces y tierra y encontró el cuerpo todavía tibio.

Lo envolvió en su manto, lo cubrió con maile, helechos y jengibre, y lo cargó sobre la espalda hasta su casa de Kamoiliili. Allí su hermano mayor llamó a dos hermanas espirituales que tenían. Con su ayuda consiguieron, al fin, devolverle la vida. Durante la recuperación la llevaron varias veces a una cueva de agua subterránea, Mauoki, que el relato recuerda desde entonces como el Agua de Kahalaopuna.

El joven que la había encontrado quiso casarse con ella. Kahalaopuna se negó. Dijo que, mientras Kauhi viviera, pertenecía a él: la habían alimentado con su comida y sentía que su cuerpo era suyo, del mismo modo que lo habían sido aquellas provisiones.

El hermano mayor aconsejó entonces al menor que buscara la muerte de Kauhi. Los dos se pusieron de acuerdo con los padres de Kahalaopuna para mantener secreta la última resurrección.

El joven aprendió todos los mele que ella había cantado durante aquel recorrido. Cuando los supo bien, fue a las casas donde el rey y los jefes jugaban al kilu. Allí era fácil encontrar a Kauhi.

Una noche se sentó enfrente de él. Cuando terminó su turno, tomó el juego y cantó el primero de los cantos de Kahalaopuna. Kauhi lo interrumpió, contra las reglas del encuentro, para preguntarle dónde lo había aprendido.

—De Kahalaopuna, la joven de Manoa. Es amiga de mi hermana y está de visita en nuestra casa.

Kauhi estaba convencido de que la muchacha había muerto bajo el koa. Lo acusó de mentir. Discutieron hasta que el rey mandó separarlos.

A la noche siguiente, el joven cantó el segundo mele. Volvieron a pelear y otra vez tuvieron que apartarlos. En la tercera noche entonó el tercer canto. Kauhi ya no pudo contenerse.

—La mujer que conocés tiene que ser una impostora. Yo sé que Kahalaopuna murió. Traela. Si no es la verdadera, vas a pagar la mentira con tu vida. Si lo es, el mentiroso soy yo y la vida que se pierde será la mía.

El joven aceptó enseguida. Era el acuerdo que había estado buscando. Llamó al rey y a los jefes como testigos y les pidió que hicieran cumplir lo pactado.

El día fijado, Kahalaopuna fue a Waikiki con sus padres, sus parientes y sus servidores. También la acompañaron las dos hermanas espirituales, que tomaron forma humana para poder aconsejarla. Akaaka, su abuelo, llevaba un tiempo viviendo allí y fue elegido entre quienes juzgarían la prueba.

Kauhi había consultado a los sacerdotes de su familia. Temía que un espíritu con forma de mujer quisiera hacerle daño. El adivino Kaea propuso cubrir con grandes hojas de a-pe el sitio donde se sentaría Kahalaopuna. Según él, un espíritu no podría rasgarlas; una persona viva, sí. El rey permitió preparar la prueba.

Mientras iban hacia el lugar, las hermanas espirituales advirtieron a la joven. Le pidieron que pisara y rompiera todas las hojas que pudiera, incluidas las que quedarían debajo de ellas. Si alguien descubría que eran espíritus, los cazadores de almas podrían matarlas.

Kahalaopuna siguió sus indicaciones. Kaea vio las hojas rotas y admitió que era humana, pero dijo sentir espíritus cerca y anunció que los buscaría.

Akaaka le sugirió mirar dentro de una calabaza llena de agua. El adivino, ansioso por descubrir el misterio, olvidó sus precauciones. Mandó traerla y se inclinó. Sólo vio su propio reflejo.

Akaaka atrapó aquel reflejo, que era el espíritu de Kaea, y lo aplastó entre las manos. El adivino cayó muerto. Entonces el abuelo abrió los brazos y abrazó a Kahalaopuna, reconociéndola ante todos como su nieta.

El rey pidió que ella y Kauhi contaran lo ocurrido. Ambos hablaron. Kauhi explicó que había creído las afirmaciones de Kumauna y Keawaa. Los hicieron comparecer. Frente a la joven admitieron que nunca la habían visto y que todo había sido una jactancia inventada.

El rey declaró que los dos y Kauhi debían morir por el sufrimiento causado. Añadió que, si sus dioses podían devolverles la vida, mejor para ellos.

Los seguidores de los jóvenes habían preparado dos grandes hornos de tierra, anticipando el destino de quien perdiera la prueba. Allí ejecutaron a Kauhi, a Kumauna y a Keawaa. También murieron los servidores que eligieron acompañarlos.

Muchos otros seguidores de Kauhi, indignados por su crueldad, pasaron a servir a Kahalaopuna como una forma de compensar el daño. El rey la dio por esposa al joven que la había rescatado y había llevado la acusación ante todos.

Los hornos estaban junto al arroyo Apuakehau, cerca del mar, en la arboleda de Ulukou. Durante la noche llegó una gran ola enviada por un viejo dios tiburón, pariente de Kauhi. A la mañana siguiente los restos habían desaparecido: el dios se los había llevado al mar.

Por el poder de sus divinidades familiares, Kumauna y Keawaa se transformaron en dos picos de la esquina oriental del valle de Manoa. Kauhi y sus seguidores se convirtieron en tiburones.

Kahalaopuna vivió feliz con su esposo durante unos dos años. Akaaka sabía lo que había ocurrido con Kauhi y conocía su deseo de venganza. Por eso le había advertido a su nieta que nunca entrara al mar. Ella respetó esa advertencia durante todo aquel tiempo.

Un día, su marido y los hombres de la casa fueron a Manoa a trabajar en los cultivos de kalo. Kahalaopuna quedó con las mujeres. Las olas estaban buenas y varias jóvenes se deslizaban sobre ellas. Le dieron ganas de acompañarlas.

Cuando su madre se quedó dormida, Kahalaopuna salió con una de sus servidoras, tomó una tabla y nadó hacia las olas, olvidando la advertencia.

Kauhi la estaba esperando. En cuanto pasó el arrecife, la atacó y la mató. Sostuvo una parte de su cuerpo sobre el agua para que quienes estaban allí vieran que había cumplido su venganza.

El espíritu de Kahalaopuna fue hasta su madre dormida y le contó lo que acababa de pasar. Ella despertó, comprobó que su hija no estaba y dio la alarma. Las personas que huían del mar confirmaron lo ocurrido.

Prepararon canoas y salieron en persecución del tiburón. Podían seguir su rastro. Kauhi nadaba lo bastante cerca de la superficie para que lo vieran, pero demasiado profundo para que las lanzas lo alcanzaran.

Los llevó hasta Waianae. Allí, en una abertura arenosa del fondo del mar, a la vista de sus perseguidores, devoró lo que quedaba de Kahalaopuna. Esta vez no quedó un cuerpo al que devolverla. No volvió a la vida.

Sus padres regresaron a Manoa y abandonaron su forma humana. Kahaukani volvió a ser el viento del valle; su presencia visible quedó vinculada con la arboleda de hau debajo de Kahaiamano. Kauakuahine tomó la forma de lluvia y siguió visitando la antigua casa de su hija.

Los abuelos también dejaron sus cuerpos humanos. Akaaka volvió a la montaña y Nalehuaakaaka a los arbustos de lehua de la cima. Allí permanecieron, velando sobre el hogar de la nieta a la que habían querido tanto.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Un libro abierto y varias hojas sueltas ante una costa volcánica de agua azul.
Ilustración de su mundo literario

Compilador, traductor y editor

Thomas George Thrum

Thomas George Thrum compiló Hawaiian Folk Tales, publicado en Chicago en 1907. Reunió contribuciones firmadas de distintas personas y participó también como traductor o redactor de capítulos. En esta selección, Lonopuha lleva su crédito de traducción y Kaneaukai su crédito de autor...

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto junto a un manantial, con un arcoíris sobre un valle verde.
Ilustración de su mundo literario

Autora de versiones históricas

Emma Kaili Metcalf Beckley Nakuina

Emma Kaili Metcalf Beckley Nakuina figura como Mrs. E. M. Nakuina en Hawaiian Folk Tales. Cinco relatos de esta selección llevan su firma: Kahalaopuna, el manantial de Punahou, Oahunui, el manto de plumas y Nanaue. Su trabajo escrito se reconoce por separado...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

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Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Para conversar con chicos

Esta conversación está pensada para lectores de la edad indicada y con acompañamiento. Kahalaopuna pide que se compruebe una acusación, pero no la escuchan. Ni la comida que recibió ni un compromiso de matrimonio le deben dar a otra persona poder sobre su cuerpo. Podemos hablar de cómo buscar ayuda y de por qué un rumor nunca justifica lastimar a alguien.

  • ¿Quiénes escuchan a Kahalaopuna y quiénes deciden por ella?
  • ¿A qué personas de confianza podría recurrir alguien que tiene miedo de su pareja?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El relato enlaza provisión, rango y pertenencia corporal: Kahalaopuna explica su vínculo con Kauhi mediante el alimento recibido. Esa lógica contribuye a que siga sus órdenes aun después de sufrir violencia. Las resurrecciones permiten exponer las mentiras, pero el juicio y el segundo matrimonio no clausuran la amenaza. El asesinato final impide convertir el cuento en una reparación triunfal. Olvidar una advertencia no desplaza la responsabilidad del agresor hacia la víctima.

  • ¿Cómo interviene la deuda alimentaria en la dificultad de Kahalaopuna para separarse?
  • ¿Qué obliga a reconsiderar el segundo final después de la aparente restitución pública?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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