Si mirás una gota de agua de zanja con un vidrio que aumenta mucho las cosas, podés descubrir un mundo donde antes no veías nada. Eso hacía un viejo mago al que llamaban Revoltijo. Tenía la costumbre de buscarle una explicación a todo. Cuando no encontraba una explicación, probaba con magia.
Aquella tarde había puesto una gota bajo su lente. Dentro se movían innumerables criaturas. Se amontonaban, se perseguían y se arrebataban el espacio. Una atrapaba a otra; otra le arrancaba una pata a su vecina; algunas desaparecían devoradas por las demás. Había tantísima actividad que el agua parecía hervir, aunque estaba fría.
—¡Qué manera de vivir! —dijo Revoltijo—. ¿No podrían quedarse tranquilas y ocuparse cada una de sus asuntos?
Pensó un rato cómo enseñarles a convivir. No se le ocurrió nada que sirviera. Entonces decidió que, por lo menos, iba a verlas mejor. Sacó un frasquito y agregó una sustancia roja. Parecía vino, pero el mago aseguraba que era sangre de bruja, de la más cara.
Las criaturas se tiñeron de rosa. Ahora el espectáculo parecía una ciudad llena de pequeños cuerpos desnudos corriendo en todas direcciones.
Llegó otro mago, que no tenía nombre. Se asomó por encima del hombro de Revoltijo.
—¿Qué estás mirando?
—Si adivinás, te lo regalo.
El visitante apoyó el ojo en el vidrio. Vio a unos treparse sobre otros. Los de arriba empujaban hacia abajo y los de abajo tironeaban para subir. Un grupo atacaba a un vecino porque tenía una pierna más larga. Otro se ensañaba con una criatura lastimada: donde ya había una herida, insistían en morder.
En un rincón, una figurita permanecía quieta. No parecía querer otra cosa que estar en paz. Pero también la encontraron. La arrastraron al centro del tumulto y la devoraron.
El mago sin nombre apartó el ojo un instante y volvió a mirar, fascinado.
—Muy interesante —dijo.
—Sí, pero ¿qué es? —insistió Revoltijo—. Tenés que adivinar.
—Eso es fácil. Es una gran ciudad. París, tal vez, o cualquier otra. Da lo mismo: se parecen bastante.
Revoltijo levantó con cuidado el vidrio. Debajo no había calles, ni palacios, ni plazas. Apenas una gotita redonda, tan pequeña que podía secarse sobre la punta de un dedo.
—Es agua de una zanja —dijo.


