Un dalag, un pez de agua dulce, una libélula, una avispa y un caracol decidieron vivir juntos. Repartieron las tareas según lo que cada uno podía hacer.
El pez, el más fuerte, buscaría comida. La libélula sería la mensajera. La avispa cuidaría la casa y llevaría tierra para repararla. El caracol se ocuparía de cocinar.
Una mañana el dalag salió entre las plantas del agua y vio una rana que se agitaba en la superficie. Pensó que alcanzaría para alimentar a todos y la atrapó. Pero dentro había un anzuelo: era la carnada de un pescador.
El pez intentó soltarse sin conseguirlo. El hombre lo sacó del agua, lo llevó a su casa y se lo comió.
Sus compañeros esperaron hasta que comprendieron que algo había pasado. Mandaron a la libélula a buscarlo.
Antes de salir, ella se acomodó cuidadosamente la corbata. Voló mirando en todas direcciones, hasta que encontró a otro pez que movía los labios en la superficie. Creyó que se estaba riendo de su ropa.
Se ajustó la corbata. El pez siguió moviendo la boca. La libélula volvió a ajustarla, una y otra vez, hasta que la apretó tanto que se cortó la cabeza y murió.
Pasaron dos días. En la casa quedaban la avispa y el caracol, sin noticias y con hambre. El caracol podía comer barro mientras esperaba; la avispa no. Para soportar el hambre se ajustaba el cinturón.
Finalmente salió a buscar a sus compañeros. Mientras volaba, siguió apretándose el cinturón hasta que su cuerpo se partió en dos. También murió.
El caracol quedó solo. Abandonó la casa y salió a buscarlos, llorando. Cuando encontraba un tallo de pasto o una planta que sobresalía del agua, trepaba para mirar más lejos.
Por eso, cuenta esta historia, todavía se ven caracoles subiendo por las plantas del agua: siguen mirando alrededor, esperando reconocer a sus amigos. El caracol nunca llegó a saber por qué no habían vuelto.



