En la meseta entre Ewa y Waialua estaba Kukaniloko, el lugar sagrado donde, según esta historia, debían nacer los hijos de la línea real de Oahu. Si una madre daba a luz fuera de allí, su descendencia perdía los privilegios correspondientes a ese rango.
También residía allí el sumo sacerdote de la isla. Estaba emparentado con las familias gobernantes y encabezaba un sacerdocio numeroso y organizado. Su influencia se acercaba a la del rey; en ciertos asuntos la superaba.
A unos kilómetros, hacia las montañas de Waimea, estaba Helemano. La narración sitúa allí a los últimos jefes llamados Lo Aikanaka, comedores de personas, llegados del sur. Los habitantes de Mokuleia y Waialua los habían expulsado de sus llanuras, hartos de las víctimas que exigían para sus banquetes. Se habían instalado apenas fuera de los terrenos reservados a los reyes y sacerdotes.
Por entonces gobernaba un joven llamado Oahunui. Su hermana mayor, Kilikiliula, había sido para él como una madre y compartía sus poderes reales. Ella estaba casada con Lehuanui, un jefe de ascendencia sacerdotal. Tenían dos hijos varones y una niña más pequeña.
Todos vivían dentro del recinto de la familia real, en casas separadas.
Al principio, los recién llegados de Helemano se mostraron prudentes. Visitaron al joven rey, lo saludaron con humildad y trataron con cuidado a sus servidores. A Oahunui le agradaron los modales del jefe de Lo Aikanaka y lo invitó a un banquete.
La invitación fue correspondida. Cuando el rey comió con los visitantes, le ofrecieron como plato principal una carne presentada como cerdo. La gente sospechaba que en realidad era carne humana.
A Oahunui le gustó muchísimo. Comentó que el cocinero de su anfitrión sabía preparar el cerdo mejor que el de la casa real.
Desde entonces los motivos para invitarlo se multiplicaron. Lo llamaban a jugar al konane, a juzgar competencias atléticas o a mirar demostraciones de destreza guerrera. Después de cada encuentro le ofrecían comida. El rey empezó a pasar allí gran parte de su tiempo.
Para conseguir el plato que prefería, el jefe de Lo Aikanaka mandaba guerreros a los pasos de Waianae y a caminos solitarios del lado de Waimea. Se escondían y atrapaban a quienes viajaban solos o volvían tarde de juntar hojas, tallos o helechos. Mataban a esas personas para los banquetes.
Las desapariciones se hicieron cada vez más numerosas. La gente empezó a relacionarlas con las visitas del rey. Se decía que había adquirido el gusto por la carne humana y que por eso frecuentaba tanto a aquellos jefes.
El descontento dejó de ser un murmullo. Los sacerdotes y los principales jefes advirtieron a Oahunui que suspendiera esas visitas: si continuaba, no podrían responder por las consecuencias. Él prometió no volver y cumplió durante un tiempo.
Cuando el rey estaba en su casa, los hombres de la familia comían con él. Entre ellos estaban Lehuanui y sus dos hijos, de unos ocho y seis años.
Una mañana, después de desayunar, se oyó claramente el oleaje de Waialua. Oahunui comentó que los peces del estanque de Ukoa seguramente estarían amontonados contra las compuertas y que tenía ganas de comer aholehole.
La observación era una orden para su cuñado, el jefe de mayor rango presente después de los dos niños, que eran demasiado chicos para cumplir aquella tarea.
Lehuanui partió hacia Waialua con servidores propios y del rey. Encontraron los peces concentrados donde Oahunui había dicho y trabajaron todo el día recogiéndolos, limpiándolos y salándolos.
Ya era de noche cuando Lehuanui pudo acostarse. Apenas se durmió, le pareció ver a sus dos hijos junto a su cabeza. El mayor le habló:
—¿Por qué dormís, padre? Mientras vos estás acá, tu cuñado nos está comiendo. Nos mataron y nos cocinaron. Nuestras cabezas están en una red colgada del árbol de lehua del que recibiste tu nombre. Los otros huesos están envueltos debajo de la raíz que apunta al sol poniente.
Los niños desaparecieron. Lehuanui se despertó temblando. No sabía si había soñado o había visto sus espíritus, pero estaba convencido de que habían muerto.
Recordó los rumores sobre el rey y las visitas interrumpidas. Pensó que el pedido de pescado había servido para alejarlo. También pensó que sus hijos, además de satisfacer aquel apetito, podían haber sido eliminados como futuros rivales: si los jefes destituían a Oahunui, cualquiera de sus sobrinos podría sucederlo.
Despertó a su servidor más cercano y partieron poco después de medianoche. Llegaron al recinto real al amanecer y fueron directamente al lehua.
Entre las ramas encontraron la red. Debajo de la raíz indicada estaba el envoltorio de kapa con los demás restos. Lehuanui reunió los huesos de sus hijos en la red y se la ató al cuello. Su servidor lo acompañó en silencio.
El padre tomó una azuela de piedra y entró en la casa donde dormía Oahunui. Sólo estaba despierta una anciana que cuidaba la luz de kukui. El rey descansaba sobre esteras blandas, bajo su kapa roja. Había comido en exceso y bebido mucho awa, y estaba profundamente dormido.
Lehuanui se paró junto a él.
—Rey, ¿dónde están mis hijos?
Oahunui apenas se movió. El padre lo llamó tres veces, sin obtener respuesta. Entonces lo golpeó en el cuello con la azuela y le cortó la cabeza.
Después fue a su propia casa. Kilikiliula dormía con la hija menor entre los brazos. La despertó y le preguntó por los niños. Ella sólo pudo llorar.
Lehuanui la acusó de haber preferido a su hermano y de haber entregado a sus hijos sin resistir. Le dijo que compartía el poder del rey y que podría haber llamado a los servidores para defenderlos. Según él, Oahunui era tan impopular que una resistencia habría acabado con el rey y salvado a los chicos.
Le anunció que había matado a su hermano.
—Lo elegiste a él antes que a mí y a los míos. No vas a volver a vernos.
Arrancó a la niña dormida de sus brazos y se dispuso a irse. Kilikiliula lo siguió, se arrojó a sus pies y se aferró a sus rodillas para detenerlo.
Él la golpeó con todas sus fuerzas.
—Entonces seguí a tu hermano —dijo, y se alejó con su hija y sus servidores.
Kilikiliula cayó al otro lado del arroyo, frente al lehua. El relato dice que se convirtió en una piedra, inclinada sobre la ladera del barranco.
Nadie recogió el cuerpo de Oahunui. Con el tiempo también se volvió piedra. La voz histórica presenta esa transformación como testimonio de la ira de los dioses por sus crímenes.
Los servidores que, obedeciendo al rey, habían intervenido en la muerte y preparación de los niños quedaron petrificados cuando cayó Kilikiliula. Cada uno conservó la postura en que estaba: agachado, arrodillado o sentado.
Los demás jefes, guardias y servidores huyeron del lugar, horrorizados. La residencia real quedó abandonada.
Según la creencia que transmite esta historia, la maldición de Kane siguió pesando sobre aquel sitio. La narradora recuerda la afirmación de que, aunque habían pasado siglos, nadie había vuelto a vivir allí.




