Un rey y una reina vivían rodeados de riquezas. En el palacio había piedras preciosas, fiestas y visitantes casi a toda hora. Sin embargo, el rey no conseguía estar contento: no tenía un hijo que lo sucediera.
Cada vez que pensaba en la muerte, rezaba pidiendo un heredero.
Una noche lo visitó un ángel.
—Tu ruego fue escuchado —le dijo—. Vas a tener más de un hijo, pero no tendrán tu misma forma. Nacerán coronados con su propia carne.
El rey quedó tan emocionado que apenas pudo responder.
Tiempo después, la reina dio a luz un gallo. Apenas nació, el pequeño cantó. Sus padres lo acariciaban y lo cuidaban a toda hora. Quisieron prepararle una jaula de oro, pero Dios les prohibió hacerlo.
Al año siguiente nació otro gallo. Después otro, hasta que la familia tuvo trece hijos, cada uno con su cresta roja como una corona.
Los hermanos empezaron a mirarse con celos. Cada uno creía que los demás no tenían derecho a estar coronados.
Cuando murieron el rey y la reina, quedaron solos en el palacio. Ya no había nadie que gobernara por ellos. Entonces comenzaron a pelear: cada gallo quería arrancarles la corona a los otros.
Así cuenta esta historia el origen de sus riñas: trece herederos habían recibido una corona, pero ninguno aceptaba compartir el lugar que esperaba ocupar.



