Marcela vivía con su padre, que trabajaba al servicio de un rey. Desde chica lo ayudaba con sus tareas, pero cuando una orden le parecía injusta no se quedaba callada. El rey había oído hablar de sus respuestas y decidió averiguar hasta dónde llegaba su ingenio.
Un día mandó llevarle un pájaro diminuto.
—Decile que prepare doce platos con él —ordenó al mensajero.
Marcela estaba cosiendo. Escuchó el encargo, pensó un rato y tomó uno de sus alfileres.
—Llevale esto al rey. Si puede hacer doce cucharas con este alfiler, yo voy a preparar los doce platos con el pájaro.
Cuando recibió la respuesta, el rey comprendió que su pedido era tan difícil como el de ella. Sin embargo, no quiso abandonar el juego.
La segunda vez envió una oveja. Marcela debía venderla por seis reales y devolverle esos seis reales junto con la misma oveja, viva.
Al principio la joven miró al animal sin saber cómo resolverlo. Después buscó unas tijeras, lo esquiló y vendió la lana. El mensajero regresó al palacio con el dinero y con la oveja caminando a su lado.
El rey tardó dos semanas en idear una nueva prueba. Finalmente anunció que estaba enfermo y que su médico le había recetado leche de toro. Marcela tenía que conseguirla; si no lo hacía, su padre perdería el trabajo. Ese mismo día prohibió que cualquiera se bañara o lavara ropa en el río a la mañana siguiente, porque quería bañarse allí él solo.
Marcela preparó su respuesta con ayuda de su padre. Esa noche mataron un cerdo y mancharon con su sangre una estera, una manta y unas almohadas.
A la mañana siguiente, la joven llevó todo al río y comenzó a lavar, aguas arriba del lugar donde estaba el rey.
—¿No escuchaste mi orden? —gritó él—. ¡Hoy nadie puede lavar acá!
—La escuché, señor. Pero en nuestra casa tenemos que lavar enseguida las cosas manchadas después de un nacimiento. Mi padre tuvo un bebé anoche.
—¡Eso es absurdo! ¡Un hombre no puede dar a luz!
Marcela lo miró.
—Tan absurdo como pedirle leche a un toro.
El rey recordó la amenaza que había enviado. Ya no encontró cómo responderle. Reconoció su ingenio y le ofreció a su hijo como esposo.
Había empezado enviándole una orden imposible. Terminó admitiendo que Marcela sabía descubrir lo imposible dentro de sus propias palabras.



