En los últimos tiempos del reinado de Yonsan, cuenta Im Bang, muchas familias vivían con miedo a las órdenes que llegaban del palacio. El rey enviaba a sus servidores a buscar mujeres cuya belleza le habían mencionado. No le importaba que estuvieran casadas ni que se negaran a ir. Quería tenerlas a su disposición y mandaba llevarlas por la fuerza.
La esposa de un ministro sabía que en cualquier momento podían llamarla. Mientras otras familias buscaban cómo evitar la orden, ella preparó un recurso que pudiera llevar consigo sin que nadie lo notara.
Guardó dos trozos de carne y dejó que se echaran a perder. Los mantuvo a mano, ocultos, esperando el día que temía.
La orden llegó. Tenía que presentarse en el palacio.
Se vistió sin mostrar el miedo que había hecho llorar a otras mujeres en la misma situación. Antes de salir, escondió un trozo de carne bajo cada brazo. Después acompañó a los servidores del rey.
Yonsan la vio y le ordenó acercarse. Ella obedeció. A cada paso la distancia entre ambos se reducía, hasta que un olor insoportable llegó al asiento del monarca.
El rey levantó el abanico para taparse la cara. Se apartó, escupió y llamó a sus servidores.
—No puedo soportarlo. ¡Sáquenla de acá!
La mujer salió del palacio sin que él la retuviera. Aquello que había preparado en secreto le había permitido escapar de la orden que no podía rechazar abiertamente.
Cuando se supo lo ocurrido, quienes la conocían elogiaron su valentía y su ingenio. El narrador sitúa el episodio entre los abusos que terminaron por volver a la gente contra Yonsan, antes de que perdiera el trono. Pero la mujer no había podido esperar a que cambiara el reino: había tenido que encontrar una salida para ese día.



