Había un cura que, cada vez que iba por el camino en su carruaje, gritaba desde lejos:
—¡Apártense! ¡Apártense, que viene el cura!
Los demás tenían que correr a un costado para dejarlo pasar. Pero un día se cruzó con el rey. El cura dio sus gritos de siempre y el carruaje real siguió avanzando. Esta vez tuvo que apartarse él.
Cuando quedaron a la misma altura, el rey lo llamó.
—Mañana vas a venir al palacio. Te haré tres preguntas. Si no sabés responderlas, perderás tu cargo por esa soberbia.
El cura sabía alzar la voz y dar órdenes, pero no se tenía ninguna confianza para resolver preguntas. Fue a ver a su sacristán, de quien decían que llevaba mejor los asuntos de la iglesia que él mismo.
—Un solo tonto puede preguntar más de lo que diez sabios saben contestar —se quejó.
Después de hablar un rato, consiguió que el sacristán fuera en su lugar.
A la mañana siguiente, el sustituto se puso la túnica y la capucha del cura y llegó al palacio. El rey lo recibió con la corona y el cetro, rodeado de brillos.
—Bien. Primera pregunta: ¿qué distancia hay del este al oeste?
—Un día de viaje.
—¿Cómo lo sabés?
—El sol sale por el este y se pone por el oeste. Hace todo ese camino en un día.
El rey aceptó la respuesta y pasó a la segunda.
—¿Cuánto creés que valgo, tal como me ves acá?
El sacristán miró la corona y el cetro.
—Por nuestro Señor pagaron treinta monedas de plata. No podría ponerte a vos un precio mayor que veintinueve.
—Muy bien —dijo el rey—. Entonces decime qué estoy pensando ahora.
—Estás pensando que tenés al cura delante. Pero te equivocás: soy el sacristán.
El rey lo observó un momento y dio por terminada la prueba.
—Volvé a casa. Desde hoy, vos vas a ser el cura y él será el sacristán.
Y así quedó dispuesto: el hombre que había ido prestado dentro de aquella túnica volvió con el cargo que su dueño no había sabido defender.



