El hipopótamo era un rey enorme. Solo el elefante lo superaba en tamaño. Tenía siete esposas, una casa espaciosa y la costumbre de preparar banquetes que hacían hablar a todos los vecinos.
Sin embargo, casi nadie sabía cómo se llamaba. Sus esposas conocían el nombre, pero los demás lo saludaban como rey, señor o hipopótamo. A él no parecía molestarle. Un día decidió aprovechar aquel secreto.
Había hecho servir una mesa llena de comida. Los invitados se acercaron, buscaron asiento y estaban por empezar cuando el anfitrión levantó la voz.
—Vinieron a comer a mi casa y ninguno sabe mi nombre. Si no pueden decírmelo, se van sin probar bocado.
Los invitados se miraron. Algunos aventuraron una respuesta; otros guardaron silencio. Nadie acertó. Tuvieron que levantarse y dejar la comida donde estaba.
La tortuga, antes de marcharse, hizo una pregunta:
—¿Y qué vas a hacer si en el próximo banquete yo digo tu nombre?
—Me va a dar tanta vergüenza que dejaré la tierra —respondió el hipopótamo—. Me iré a vivir al agua con toda mi familia.
La tortuga recordaba que el rey y sus esposas caminaban hasta el río cada mañana y cada tarde. Él iba adelante; las siete lo seguían. Allí se bañaban y bebían antes de regresar.
Un día, mientras estaban en el río, la tortuga cavó un pequeño hueco en medio del sendero. Esperó escondida hasta que vio volver al grupo. El hipopótamo pasó primero. Dos de sus esposas venían bastante atrás.
La tortuga se metió en el hueco y dejó parte del caparazón afuera. La primera de las dos tropezó con aquel obstáculo inesperado.
—¡Isantim, marido mío! ¡Me lastimé el pie! —gritó.
Eso era lo que la tortuga quería escuchar. Se retiró del camino y volvió a su casa repitiendo el nombre para no olvidarlo.
Llegó el día del siguiente banquete. Otra vez hubo platos abundantes; otra vez los invitados estuvieron a punto de sentarse. Y otra vez el hipopótamo puso su condición.
La tortuga se adelantó, pero no respondió enseguida.
—Primero prometeme que no me vas a matar si digo tu nombre.
El hipopótamo lo prometió. Entonces la tortuga alzó la voz para que la escuchara toda la mesa:
—¡Te llamás Isantim!
Los invitados festejaron. Ahora podían sentarse, y esta vez sí comieron. El hipopótamo no pudo retirar su palabra ni hacer desaparecer el nombre que todos acababan de oír.
Cuando terminó la fiesta, Isantim reunió a sus siete esposas y se fue con ellas al río, tal como había prometido. Allí establecieron su casa. El relato termina diciendo que por eso el hipopótamo vive en el agua y sale de noche a buscar comida: un nombre descubierto cambió para siempre el lugar de sus banquetes.



