Una mañana de fiesta, Tom Fitzpatrick caminaba junto a un cerco cuando oyó un golpeteo entre las ramas. Pensó que sería un pájaro, pero se acercó de puntillas para mirar.
Allí había un hombrecito con sombrero y delantal de cuero. Sentado junto a una jarra enorme para su tamaño, le ponía un taco a un zapato diminuto.
Tom había oído historias de leprechauns. Decían que guardaban tesoros y que podían escaparse en cuanto uno dejaba de mirarlos.
—Buen día, vecino. ¿Trabajando en una fiesta?
—Ese es asunto mío —contestó el hombrecito, sin soltar el zapato.
Tom le preguntó por la jarra. El leprechaun dijo que contenía cerveza de brezo, preparada con una receta que su familia conservaba desde los tiempos de los daneses. Tom se rio: no creía que pudiera hacerse cerveza con aquella planta.
—Creé lo que quieras. Más te convendría cuidar las cosas de tu padre. Mirá: las vacas entraron en la avena y están pisando todo.
Tom estuvo a punto de darse vuelta. Se acordó justo a tiempo de lo que había oído y, sin apartar los ojos, agarró al leprechaun. En el apuro volcó la jarra.
—Mostrame tu dinero o te mato —lo amenazó.
El hombrecito, asustado, le indicó que lo llevara hasta un campo cercano. Cruzaron cercos, zanjas y una parte del pantano. Tom no lo soltó ni dejó de mirarlo.
Al fin llegaron a un terreno enorme, lleno de unas plantas llamadas boliauns. El leprechaun señaló una.
—Cavá ahí abajo. Vas a encontrar una olla llena de monedas de oro.
Entonces Tom descubrió que no tenía pala. Podía volver a buscarla, pero ¿cómo reconocería esa planta entre tantas iguales?
Se sacó una cinta roja con la que sujetaba una media y la ató al tallo.
—Jurame que no vas a sacar esta cinta.
—Te juro que no la voy a tocar —respondió el leprechaun—. ¿Necesitás algo más de mí?
Tom, que ya imaginaba el oro en sus bolsillos, dijo que no y lo dejó ir.
Corrió hasta su casa, buscó una pala y volvió al campo tan rápido como pudo. Pero al llegar se quedó quieto.
Cada planta tenía una cinta roja. Todas eran idénticas a la suya.
El leprechaun no había quitado la marca: había llenado de marcas todo el terreno. Tom no tenía manera de reconocer la planta del tesoro, y cavar aquel campo entero era una tarea imposible.
Volvió a su casa con la pala al hombro. Caminaba bastante más despacio que a la ida, y cada vez que pensaba en la promesa del hombrecito volvía a enojarse.



