Una mujer se había quedado levantada hasta tarde preparando lana. Su familia y quienes trabajaban en la casa dormían. Entonces alguien golpeó la puerta.
—¡Abrí! Soy la mujer de un cuerno.
La dueña creyó que alguna vecina necesitaba ayuda. Abrió y entró una desconocida que llevaba un cuerno en la frente y dos cardas para desenredar lana. Se sentó junto al fuego y empezó a trabajar a una velocidad extraordinaria.
Después llegó otra, con dos cuernos y una rueca. Y otra más. Cada llamada obligaba a la dueña a levantarse y abrir, aunque ya no quisiera hacerlo. Al fin hubo doce mujeres alrededor del fuego; la última tenía doce cuernos.
Cardaban, hilaban y tejían mientras cantaban una canción antigua. La dueña quiso pedir ayuda, pero no pudo moverse ni gritar. Estaba bajo un encantamiento.
Una de las visitantes le ordenó que preparara una torta. Como no encontraba ningún recipiente para buscar agua, las mujeres le dieron un tamiz, lleno de agujeritos.
Fue hasta el pozo y lo sumergió una y otra vez. El agua se escapaba en cuanto lo levantaba. Se sentó a llorar.
—Mezclá arcilla amarilla con musgo y tapá los agujeros —dijo una voz junto a ella.
Era el espíritu del pozo. Cuando el tamiz pudo retener agua, le dio otra indicación:
—Volvé a tu casa y, desde la esquina norte, gritá tres veces que la montaña de las mujeres fenianas y el cielo que la cubre están ardiendo.
Ella obedeció. Al escuchar el aviso, las doce brujas salieron dando alaridos y corrieron hacia Slievenamon, su montaña.
El espíritu le indicó cómo impedir que regresaran. Primero debía derramar afuera, sobre el umbral, el agua que había usado para lavar los pies de su hijo.
Después encontró una torta que las visitantes habían preparado durante su ausencia. La habían amasado con harina y sangre de los durmientes. Siguiendo las instrucciones, la partió y puso un pedacito en la boca de cada uno; así su familia se recuperó del encantamiento.
Dejó la tela de las brujas atrapada bajo la tapa de un arcón cerrado con candado y aseguró la puerta con una viga.
No tardaron en volver las visitantes.
—¡Agua de los pies, abrinos!
—No puedo. Estoy derramada y voy camino al lago.
—¡Puerta, madera y viga, abrinos!
—No puedo. La viga está encajada y no me deja mover.
—¡Torta que amasamos con sangre, abrinos!
—No puedo. Estoy partida y repartida entre los que dormían.
Las brujas gritaron contra el espíritu del pozo y se alejaron por el aire. La casa quedó en paz.
En su huida, una había perdido un manto. La dueña lo guardó para recordar aquella noche, y el cuento dice que su familia lo conservó durante quinientos años.



