Cada vez que le pegaba a su hijo, un hombre le repetía:
—Nunca vas a llegar a ser una buena persona.
El chico se cansó de los golpes y de aquellas palabras. Un día se fue de su casa y no regresó.
Pasaron diez años. El muchacho llegó a ser bajá, un gobernante con soldados a sus órdenes, y lo nombraron justamente para la región donde vivía su padre.
Cuando viajaba para asumir el cargo, se detuvo a unos treinta kilómetros del pueblo. Llamó a los hombres de su guardia, les dio el nombre del padre y les señaló dónde encontrarlo.
—Vayan a buscarlo. Agárrenlo y tráiganmelo acá.
Los soldados llegaron de noche. El padre estaba enfermo y acostado. Lo sacaron de la cama a la fuerza y lo llevaron ante el nuevo gobernante.
El bajá se enderezó cuanto pudo y le ordenó:
—Mirá bien mi cara. ¿Me reconocés?
El hombre lo observó.
—¡Bajá! Vos debés ser mi hijo.
—¿No me decías, cuando era chico, que nunca iba a llegar a ser una buena persona? Ahora mirame.
Señaló las charreteras de su uniforme, esperando que bastaran como respuesta.
—¿Y acaso me equivoqué? —dijo el padre—. Llegaste a ser bajá. Pero una buena persona no manda a buscar a su padre de la manera en que vos lo hiciste. Ganaste un cargo; no por eso te volviste bueno.


