En tiempos del rey Kealiikukii, Kahawali era jefe de Puna, en la isla de Hawaii. Un día fue con uno de sus compañeros a deslizarse en holua, el trineo que se usaba sobre las laderas. La cuesta donde jugaron quedó asociada con su nombre: el lugar de deslizamiento de Kahawali.
Al pie de la colina se reunió muchísima gente. Llegaron músicos y bailarines. Entre tambores, cantos y danzas, Kahawali y su amigo empezaron a bajar por la pendiente en sus estrechos trineos.
El bullicio llamó la atención de Pele. La diosa descendió desde Kilauea para ver la diversión y se presentó en la cima con aspecto de mujer. Desde allí desafió a Kahawali a correr con ella.
Él aceptó. Partieron al mismo tiempo, pero Pele no sabía mantener el equilibrio sobre el trineo tan bien como su rival. Kahawali llegó antes y subió otra vez entre las aclamaciones del público.
Antes de la siguiente bajada, Pele le pidió que le diera su papa holua. Kahawali no la reconoció como diosa.
—¡No! ¿Acaso sos mi esposa para que te dé mi trineo?
Impaciente por seguir, acomodó la tabla, corrió unos pasos y se arrojó sobre ella con todas sus fuerzas. Salió disparado cuesta abajo.
Pele golpeó el suelo con el pie. La tierra tembló y la colina se abrió. La diosa llamó al fuego y a la lava, recobró su forma sobrenatural y bajó tras él entre relámpagos, truenos y sacudidas del suelo.
Al llegar abajo, Kahawali se levantó y miró hacia atrás. La vio acercarse sobre el torrente ardiente. Recogió la lanza ancha que había clavado en el suelo al comenzar el juego y huyó con su compañero.
La lava alcanzó a los músicos, a los bailarines y a la multitud. Todos quedaron sepultados por aquel torrente. Pele siguió avanzando sobre su primera ola, persiguiendo a los dos hombres.
Corrieron hasta Puukea. Allí Kahawali se quitó el manto de hojas de ki y tomó el camino de su casa, cerca de la costa. Se cruzó con su cerdo preferido y lo saludó rozándole la nariz con la suya. Después llegó a la casa de su madre, en Kukii, y la saludó de la misma manera.
—Cuánto lo siento por vos. Tal vez la muerte ya esté cerca. Pele viene devorándolo todo.
La dejó y siguió corriendo. Encontró a su esposa, Kanakawahine, y la saludó. La corriente de fuego estaba cada vez más próxima.
—Quedate conmigo —le pidió ella—. Muramos juntos acá.
—No. Me voy, me voy —contestó Kahawali.
También se despidió de sus dos hijos, Poupoulu y Kaohe.
—Siento una gran pena por ustedes dos.
La lava se acercaba y él siguió huyendo. Un barranco profundo le cortó el paso. Apoyó su lanza de un borde al otro y la usó como puente para cruzar. Su compañero le pidió ayuda. Kahawali le tendió la lanza, esperó a que se agarrara y tiró de él hasta dejarlo a salvo del otro lado.
Pele ya bajaba por el barranco, cada vez más rápida.
Los dos corrieron hasta Kula. Allí Kahawali encontró a su hermana Koai, pero sólo tuvo tiempo de saludarla con dolor antes de seguir hasta la playa.
Su hermano menor acababa de desembarcar de una canoa de pesca y había ido a su casa para poner a salvo a su familia. Kahawali y su amigo saltaron a la embarcación vacía. Con la lanza ancha a modo de remo, se alejaron de la orilla.
Pele llegó a la costa y vio que escapaban. Levantó grandes piedras y fragmentos de roca y los arrojó hacia ellos con enorme fuerza. Las piedras cayeron por todas partes alrededor de la canoa, pero ninguna la alcanzó.
Cuando ya estaban un poco lejos de la playa, empezó a soplar el kumukahi, el viento del este. Kahawali puso la lanza erguida en la canoa, de manera que su hoja ancha sirviera a la vez de mástil y de vela.
Con ese viento llegaron a Maui. Descansaron allí una noche y pasaron a Lanai. Al día siguiente siguieron hasta Molokai y, desde allí, a Oahu.
En Oahu vivían Kolonohailaau, el padre de Kahawali, y Kanewahinekeaho, otra de sus hermanas. Kahawali les contó los peligros de los que había escapado. Se quedó a vivir con ellos de manera definitiva.




