Cerca de la cumbre de Hualalai, en una cueva del lado sur de la montaña, vivían Hina y su hijo Hiku. Él era un kupua, un ser de poderes extraordinarios. Había pasado toda su infancia y su juventud a solas con su madre, sin bajar nunca a las llanuras donde vivían otras personas.
A veces le llegaban de lejos los tambores y las voces de las fiestas. Se quedaba escuchando e imaginaba a quienes bailaban y cantaban entre los cocoteros. Una y otra vez había pedido permiso para conocerlos, pero Hina no lo dejaba ir.
Cuando ya se sintió un hombre, volvió a pedírselo. Esta vez su madre comprendió que estaba decidido y, aunque a disgusto, aceptó.
—No te quedes demasiado tiempo —le advirtió—. Volvé pronto.
Hiku tomó su flecha Pua Ne y partió. No era una flecha cualquiera: podía responder cuando él la llamaba y señalarle el camino con su vuelo.
Bajó entre rocas de lava y bosques de koa por el costado sudoeste de Hualalai. Cerca del pie de la montaña se detuvo sobre una colina y arrojó Pua Ne al aire. La siguió con la mirada hasta que cayó en otra elevación, por encima de Kailua.
Fue a buscarla y la lanzó de nuevo. Esta vez la flecha cayó cerca de la costa de Holualoa, sobre la lava lisa, junto al pozo de agua de Waikalai. El relato también llama a ese lugar Wai a Hiku, el Agua de Hiku, y lo recuerda como sitio donde la gente llevaba a beber a sus animales y buscaba agua para sus casas.
Hiku bebió. Cuando estuvo cerca de la aldea de Holualoa, lanzó la flecha una tercera vez. Pua Ne entró en el patio del jefe de Kona y cayó a los pies de la princesa Kawelu.
Ella vio acercarse al joven para recogerla. Le gustó su porte y escondió la flecha, desafiándolo a encontrarla.
—¡Pua Ne! ¡Pua Ne! —llamó Hiku.
—¡Ne! —respondió la flecha desde su escondite.
La belleza de Hiku y aquel prodigio terminaron de enamorar a Kawelu. Quiso que se convirtiera en su esposo y encontró maneras de retenerlo durante varios días. Cuando él por fin anunció que volvería a la montaña, ella lo encerró en la casa para impedir que se fuera.
Hiku recordó la advertencia de su madre. Trepó al techo, apartó parte de la cubierta y escapó por la abertura.
Al descubrir su partida, Kawelu cayó en una tristeza que nadie conseguía aliviar. Dejó de comer y, al cabo de unos días, murió.
Fueron mensajeros a buscar a Hiku. Él volvió y lloró junto al cuerpo de la joven a la que amaba. Sus familiares y amigos le reprocharon que la hubiera abandonado. Pero el espíritu de Kawelu ya había partido hacia el mundo inferior, gobernado por Milu.
Hiku decidió intentar el descenso y traerla de vuelta.
Con ayuda de los amigos de Kawelu reunió largas enredaderas de kowali de las laderas de la montaña. Preparó también una cáscara de coco hueca, dividida en dos mitades que encajaban bien. Después se untó el cuerpo con aceite rancio de coco y de kukui, hasta adquirir un olor semejante al de un cadáver.
Cargaron las canoas y remaron hacia el sitio donde el cielo parecía encontrarse con el agua. Allí se abría el abismo de Lua o Milu.
Hiku se sentó sobre el travesaño de un columpio sostenido por una sola soga de kowali. Llevaba consigo las dos mitades del coco. Sus compañeros sujetaron el extremo de la soga desde las canoas y empezaron a bajarlo.
Llegó a una gran caverna donde se reunían las sombras de los muertos. Los espíritus se acercaron, curiosos, a mirar al recién llegado.
—¡Qué olor tiene este cadáver!
—Debe de llevar mucho tiempo muerto.
Hiku había usado aceite de más, pero el engaño funcionó. Hasta Milu, que observaba a la multitud desde un costado, creyó que era uno de los muertos. De haber descubierto a un hombre vivo, no lo habría dejado entrar.
El columpio atrajo la atención de todos. Una de las sombras lo miraba con especial interés: Kawelu.
Se reconocieron. Con permiso de Milu, ella se acercó y se sentó a columpiarse con Hiku, aunque tenía que volver la cara para apartarse del olor. Mientras disfrutaban del movimiento, él hizo la señal acordada con sus compañeros.
Arriba, los amigos empezaron a recoger la soga. Hiku y Kawelu subieron cada vez más.
Al principio ella estaba tan entretenida que no lo notó. Pero cuando vio qué pequeños quedaban los espíritus de abajo, estuvo a punto de alejarse volando, liviana como una mariposa.
Hiku estaba atento. Juntó de golpe las dos mitades de la cáscara de coco y encerró adentro el espíritu de Kawelu. Sus compañeros terminaron de subirlo a las canoas.
Regresaron a Holualoa. Hiku desembarcó y fue directamente a la casa donde todavía estaba el cuerpo de la joven. Se arrodilló a su lado e hizo una pequeña abertura en el dedo grande del pie izquierdo.
Por allí obligó a entrar al espíritu. Kawelu se resistía a volver a aquella carne fría e inmóvil, y le costó mucho introducirla. Cerró y ató la abertura para que no pudiera escapar. Después empezó a hacer lomilomi, masajeando y frotando el pie, y así hizo avanzar al espíritu por la pierna.
Poco a poco llegó al corazón. La sangre volvió a circular; el pecho empezó a moverse con la respiración. Finalmente el espíritu miró otra vez a través de los ojos.
Kawelu recobró la conciencia. Vio a Hiku inclinado sobre ella y habló:
—¿Cómo pudiste ser tan cruel y dejarme?
No recordaba nada de Lua o Milu ni del encuentro en el columpio. Su memoria continuaba en el punto donde se había interrumpido al morir.
La gente de Holualoa recibió con alegría su regreso. El relato termina reuniendo a Kawelu con Hiku, de quien, dice, ya no volvió a separarse.




