En las montañas de Kaala vivía un jefe llamado Kahaakea. Tenía dos hijos mellizos, un varón y una niña. Su madre había muerto al dar a luz. El niño se llamaba Kauawaahila, Lluvia de Waahila, y la niña Kauakiowao, Niebla de Montaña.
Kahaakea los quería mucho. Al tiempo decidió volver a casarse, pensando que así tendrían el cuidado de una madre. Su nueva esposa, Hawea, tenía un hijo de un matrimonio anterior.
La gente admiraba la belleza de los mellizos, mientras miraba con rechazo las diferencias físicas del hijo de Hawea. La versión antigua relaciona con esa comparación los celos de la mujer. Delante de Kahaakea se mostraba cariñosa con sus hijos, pero cuando él no estaba los detestaba.
Cuando los mellizos tenían unos diez años, su padre tuvo que viajar a Hawaii y permanecer allí mucho tiempo. Se fue tranquilo, convencido por el afecto que su esposa siempre fingía en su presencia. Apenas partió, Hawea empezó a maltratar a los chicos.
Los familiares de su madre habían realizado, después de su muerte, oraciones, ayunos y ofrendas para fortalecer su espíritu y mantenerlo cerca de los vivos. Habían ofrecido awa, un cerdo negro sin manchas, peces rojos y otros alimentos sagrados. Gracias a ese vínculo, el espíritu de la madre podía ayudar y proteger a sus hijos.
Pero las persecuciones de Hawea se volvieron insoportables. Les quitaba la comida, el agua y la ropa, y los humillaba de muchas maneras. Los mellizos huyeron hasta Konahuanui, la cumbre por encima del Pali de Nuuanu. Hawea los encontró y los echó de allí.
Buscaron refugio en la cabecera del valle de Manoa. Ella no quería que quedaran fuera de su alcance. Los buscó por todas partes, hasta que vio los arcoíris que acompañaban a la lluvia y a la niebla y supo dónde estaban.
Volvió a expulsarlos y les ordenó regresar a Kaala, donde podría vigilarlos. En lugar de obedecer, corrieron a esconderse en una pequeña cueva de la ladera de Kukaoo, el cerro coronado por un templo de los Menehunes.
Vivieron allí durante un tiempo y plantaron batatas. Hasta que crecieran, comían saltamontes y hojas tiernas: popolo, aheahea, pakai, laulele y brotes de las propias plantas de batata. Cocinaban esas verduras dentro de una calabaza tapada, moviéndolas entre piedras calientes, en una preparación llamada puholoholo.
Cuando las batatas estuvieron listas, el hermano construyó un horno doble. Una mitad era kapu, sagrada, para su comida; la otra era noa, libre de esa restricción, para la de su hermana. También dividieron la cueva en dos partes. El relato sitúa esa separación dentro de unas reglas que impedían a las mujeres entrar en el lugar donde comían los varones.
La versión histórica recuerda la cueva, el muro divisorio y los dos hornos como rastros de aquella vida. Pero los mellizos no pudieron conservarla. Cuando la cosecha estaba madura, Hawea los encontró otra vez, los echó y se quedó con el fruto de su trabajo.
Huyeron a las colinas rocosas detrás de Punahou. Cada uno encontró una cueva pequeña donde vivir. Los alrededores tenían matorrales de plantas del lugar, algunas con frutos o flores comestibles, otras con hojas y brotes que podían cocinar. Con eso, saltamontes y, a veces, aves silvestres, consiguieron alimentarse.
Un día Kauakiowao quiso bañarse. Le dijo a su hermano que habían elegido un sitio sin agua.
—Pero acá estamos a salvo. Es difícil que Hawea venga a buscarnos —le respondió—. Voy a tratar de conseguirte agua.
En sus recorridos para buscar comida, Kauawaahila había visto una laguna de lluvia al este de la colina. Se llamaba Kanawai. A veces iba allí a cazar patos.
También conocía a Kakea, un moo, divinidad del agua que gobernaba las fuentes de los valles de Manoa y Makiki. Era un antepasado de los chicos por el lado materno y tenía una buena relación con Lluvia de Waahila.
El muchacho fue a visitarlo. Le pidió ayuda para abrir un curso desde Kanawai hasta un punto que había elegido delante de las cuevas, más abajo de ellas. Kakea aceptó. Además, prometió desviar parte del agua del manantial de Wailele hacia el nuevo curso, para que no se secara.
Kauawaahila se sumergió en Kanawai. La divinidad abrió un pasaje subterráneo y el niño nadó por él hasta salir en el lugar que recibiría el nombre de Punahou.
El agua brotó con tanta fuerza que formó una pequeña cuenca. Kauawaahila levantó sus bordes y los afirmó, dejando una salida angosta para lo que sobraba. Con la ayuda invisible de Kakea excavó después un estanque suficientemente grande para que su hermana nadara.
Cuando ella despertó de su siesta, encontró agua donde esa mañana sólo había tierra seca. Su hermano estaba nadando y salpicando.
—¡Vení a probar tu lugar de baño!
Más tarde Kauawaahila preparó campos para cultivar kalo. El agua y la fertilidad atrajeron a otras personas, que se instalaron allí y se ofrecieron como seguidores de los mellizos. Abrieron más campos. El lugar prosperó y recibió el nombre de Ka Punahou, el nuevo manantial.
Por entonces Kahaakea regresó de su viaje. Al enterarse de lo que Hawea había hecho a sus hijos, la mató y después se quitó la vida. El relato no describe cómo ocurrió. La colina rocosa donde habían vivido los chicos quedó asociada con el nombre del padre, y Hawea pasó a ser, en esta historia, el nombre recordado de una madrastra cruel.
Niebla de Montaña y Lluvia de Waahila volvieron a Kaala, el hogar de su infancia. Se quedaban un tiempo allí y luego visitaban Konahuanui y la parte alta de Manoa. También regresaban a Punahou, que conservaban bajo su cuidado.
La versión histórica cuenta que la tierra y el manantial pasaron después a manos extranjeras. Los nuevos dueños no honraban a los mellizos y permitían usos del agua considerados impuros por quienes la veneraban. Indignados, los guardianes dejaron Punahou y se retiraron a la cabecera de Manoa.
A veces, al pasar hacia Kaala o Konahuanui, se detenían unos minutos con tristeza sobre la colina rocosa. La narradora describe Kanawai ya seca en su tiempo y recuerda que habían desaparecido los arbustos que alimentaban a los chicos.
Las personas mayores a quienes recoge la fuente decían que la lluvia suave y la niebla ya no encontraban motivo para visitar aquellas laderas desnudas: allí no quedaba comida para ellas.




