Byamee sujetó una pluma blanca entre las patas traseras de una abeja.
—Voy a seguirla hasta su nido para buscar miel —les dijo a sus dos jóvenes esposas, Birrahgnooloo y Cunnunbeillee—. Ustedes busquen ranas y ñames. Nos encontraremos en el manantial Coorigel, donde el agua es dulce y clara.
Las mujeres salieron con sus bolsas y sus palos para cavar. Habían recogido mucho cuando llegaron, cansadas y acaloradas, al manantial. Antes de bañarse prepararon un refugio de ramas y dejaron allí los alimentos. Temían a Byamee: había usado un garrote para conseguirlas como esposas y seguía manteniéndolas obedientes con esa amenaza.
Ya listo el campamento, dejaron sus prendas junto al agua y se metieron. Apenas empezaron a refrescarse, dos kurreahs, seres acuáticos enormes, las atraparon y se las tragaron.
Los kurreahs se hundieron por una abertura del manantial. Era la entrada de un cauce subterráneo que llevaba al río Narran. Al avanzar se llevaron toda el agua: primero secaron el manantial y luego los pozos del río.
Mientras tanto, la abeja de Byamee se había detenido en unas flores de budtha. No seguía hacia su nido por más que él intentara hacerla avanzar.
—Algo pasó —dijo—. Tengo que ver si mis esposas están a salvo.
Volvió de prisa a Coorigel. Encontró el refugio, los ñames y las ranas. Llamó a las mujeres, pero nadie respondió. Junto al manantial vio sus prendas. El agua había desaparecido.
Comprendió que los kurreahs habían escapado por el paso subterráneo. Tomó lanzas y armas arrojadizas y corrió hasta el pozo donde aquel cauce desembocaba en el Narran. También estaba seco.
—Se llevan el agua con ellos. Pero conozco los pozos. Si corto camino entre uno y otro en vez de seguir cada curva del río, puedo alcanzarlos.
Avanzó por esos atajos. El relato reconoce todavía sus recorridos en las elevaciones de morilla que apuntan hacia los pozos del Narran. Todos los que encontraba estaban secos, hasta que llegó al último, todavía húmedo y lleno de barro.
Allí vio a los kurreahs. Consiguió adelantarse sin que lo notaran y se ocultó detrás de un gran árbol dheal. Cuando se acercaron y empezaron a separarse, arrojó una lanza tras otra e hirió a los dos.
Los seres se retorcieron, golpearon con sus colas y abrieron grandes hondonadas. El agua que llevaban llenó los huecos. Para impedir que escaparan otra vez, Byamee los obligó con sus lanzas a salir del agua y los mató de cerca con sus armas.
Desde entonces, cuando crece, el Narran corre hacia aquellas hondonadas.
Byamee abrió los cuerpos y sacó a sus esposas. Estaban cubiertas de una sustancia húmeda y parecían sin vida. Las acostó sobre dos hormigueros de hormigas rojas y se sentó a observar.
Las hormigas les limpiaron el cuerpo. Al rato sus músculos se movieron.
—Sienten las picaduras. Todavía viven —dijo Byamee.
Se oyó un estallido como un trueno, que parecía salir de los oídos de las mujeres. Mientras se apagaba el eco, ellas se incorporaron. Quedaron un momento desorientadas y después se abrazaron, temblando de miedo.
Byamee les contó cómo las había recuperado. Les advirtió que no se bañaran en los pozos profundos del Narran, donde podían vivir kurreahs, y señaló el agua que ahora cubría Boogira.
—Vendrán cisnes negros, pelícanos y patos. Donde antes había suelo seco y piedras, habrá agua y aves. Cada vez que el Narran corra, llenará este hueco y se extenderá hasta formar un gran lago.
Así ocurrió, dice el relato. Las aguas del lago Narran se extendieron por kilómetros y se hicieron hogar de miles de aves.



