BibliotecaNanaue, el hombre tiburón
Kalei sostiene el manto de kapa mientras Nanaue nada convertido en tiburón en una poza de Waipio.

Archipiélago de Hawái · Hawaii: Waipio; Maui: Kipahulu; Molokai: Poniuohua, Kainalu y Puumano · Relato tradicional

Nanaue, el hombre tiburón

Relatos hawaianos · testimonio histórico de 1907

19 min de lectura*16+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Kamohoalii, el rey tiburón de Hawaii y Maui, tenía varias cuevas profundas junto a los acantilados de Waipio y Kohala. Entre sus moradas estaban Koamano y el pequeño islote de Maiaukiu. Según las creencias recogidas en esta historia, algunos dioses tiburón podían tomar otras formas, incluso la humana.

Durante el reinado de Umi vivía en Waipio una joven llamada Kalei. Le gustaban mucho los mariscos y solía ir a buscarlos a Kuiopihi. Casi siempre la acompañaban otras mujeres, pero, si el mar estaba agitado y ellas no se animaban, podía ir sola antes que quedarse sin su comida preferida.

Cerca de la desembocadura del río Waipio había entonces una poza profunda, abierta en parte hacia el mar. Era un lugar de baño al que también acudía Kamohoalii para disfrutar del agua dulce. La fuente recuerda esa poza como anterior a un cambio del paisaje que la habría llenado de rocas.

Kalei nadaba y buceaba muy bien. Tenía una especial habilidad para saltar desde las rocas sin levantar casi salpicaduras. Kamohoalii la había observado y quería acercarse a ella.

Una mañana de mar bravo tomó la forma de un hombre hermoso y la esperó en la playa. Kalei llegó sola: sus compañeras no habían querido salir con aquel tiempo.

El dios levantó una ola amenazante. Kalei trató varias veces de escapar de ella sin conseguirlo. Entonces él intervino con su aspecto humano, como si fuera un desconocido que acababa de llegar a salvarla del peligro que él mismo había creado.

Así se conocieron. Se encontraron otras veces y al final se casaron. Durante aquella convivencia él sólo volvía a la casa por la noche.

Poco antes de que naciera su hijo, Kamohoalii le reveló a Kalei quién era. Le dijo que debía dejarla y le dio indicaciones para la crianza. El niño tendría una doble naturaleza y podría cambiar de cuerpo a voluntad.

—No dejes que coma carne de ningún animal —le advirtió especialmente.

Kalei dio a luz a un varón sano que parecía cualquier otro bebé, salvo por un rasgo: además de la boca humana, tenía una boca de tiburón en la espalda, entre los omóplatos.

Lo llamaron Nanaue. La madre contó a sus familiares quién era su padre. Todos acordaron ocultar la segunda boca. Temían que el rey o los grandes jefes vieran en el niño una amenaza y ordenaran matarlo.

Cuando Nanaue tuvo edad para comer con los varones de la familia en la casa mua, su abuelo ignoró la advertencia de Kamohoalii. Le daba carne de perro y de cerdo cada vez que podía conseguirla. Quería que se hiciera grande y fuerte, que llegara a ser un guerrero famoso y tuviera las oportunidades que esa fuerza podía abrirle.

El chico creció robusto y hermoso, comparado en la historia con un árbol joven de lama.

Cerca de la casa de Kalei había otra poza del río. Nanaue iba al agua mientras su madre lo miraba desde la orilla. En cuanto entraba, se convertía en tiburón y perseguía a los peces pequeños para comerlos.

A medida que fue entendiendo, Kalei insistió en que no debía mostrar su naturaleza a otras personas. Por eso él nunca se bañaba con los demás, aunque fuera una costumbre frecuente entre los jóvenes. Entraba solo. Cuando su madre podía acompañarlo, se quedaba sosteniendo el manto de kapa con que él se cubría la espalda.

Al llegar a adulto, su apetito ya no se satisfacía con una ración común. El abuelo había muerto y eran su padrastro y sus tíos quienes debían darle de comer. Le reprochaban una voracidad de tiburón. La narradora vincula esa manera de comer con el apodo manohae, tiburón voraz.

Nanaue seguía usando el manto todo el tiempo. La gente se preguntaba por qué un joven tan fuerte y bien formado nunca se lo quitaba. También evitaba juegos y competencias, por miedo a que un movimiento o una ráfaga de viento descubriera la boca de su espalda.

Por entonces empezaron a desaparecer niños y, más tarde, personas adultas.

Cuando no pescaba ni se bañaba, Nanaue solía trabajar en los campos de kalo y batatas de su madre. Quienes iban a la playa pasaban cerca, y él les preguntaba adónde se dirigían.

Si decían que iban a pescar o a bañarse, respondía:

—Cuidado, que pueden desaparecer enteros, de la cabeza a la cola.

Después de aquella advertencia, alguien del grupo era atacado por un tiburón. Si la persona iba sola, no volvía.

Nanaue la seguía. Esperaba una ocasión, entraba al mar y, cuando estaba cerca, se convertía en tiburón. Arrastraba a su víctima hacia las profundidades y la devoraba. Ése era el peligro que su padre había previsto al prohibirle la carne. La relación entre aquella dieta y el apetito pertenece a la explicación sobrenatural de esta historia.

Un día Umi, rey de Hawaii, ordenó que la población de Waipio trabajara ciertos días de cada anahulu, un período de diez días, en una gran plantación real. Debían acudir hombres, mujeres y chicos, salvo quienes eran demasiado ancianos o frágiles y los bebés.

El primer día todos fueron menos Nanaue. Se quedó trabajando en el huerto de su madre. La noticia llegó al rey, que mandó hombres fuertes a buscarlo.

Nanaue se presentó sin quitarse el manto. Umi le preguntó por qué no había ido al trabajo común.

—No sabía que también me correspondía —respondió.

El rey admiró su porte y su fuerza. Pensó que podría ser un buen guerrero y se limitó a ordenarle que fuera a la plantación.

Nanaue obedeció. Trabajó bien, pero siguió cubriéndose con el manto, aunque estorbaba para el esfuerzo. Algunos jóvenes decidieron averiguar qué escondía. Se lo arrancaron como si hubiera sido un accidente.

La boca de tiburón quedó a la vista.

Furioso por haber sido descubierto, Nanaue se volvió y mordió a varias personas. La boca de su espalda también se abría y cerraba, produciendo un chasquido.

Fueron a contarle al rey lo que habían visto. Relacionaron la segunda boca con las desapariciones junto a las pozas y con las advertencias de Nanaue, siempre seguidas por un ataque. Umi creyó que él era responsable y ordenó encender una gran hoguera para quemarlo vivo.

Ataron a Nanaue y lo prepararon para la ejecución. Al ver el fuego, llamó a su padre para que lo ayudara. Pareció recibir una fuerza extraordinaria: rompió las cuerdas y atravesó el grupo de guerreros que intentaba detenerlo.

Corrió hacia la poza abierta al mar. La multitud fue detrás. Al llegar a las rocas esperó a que sus perseguidores estuvieran muy cerca y saltó al agua. Delante de todos se convirtió en un tiburón enorme.

Permaneció un momento en la superficie. Después se volvió sobre el lomo, alzó parte de la cabeza y chasqueó los dientes hacia la gente que llenaba las orillas. Dio un golpe de cola, como desafiándolos, y se alejó mar adentro.

La furia de la población cayó entonces sobre Kalei y sus familiares. Los apresaron y los llevaron atados ante Umi. Algunos pedían matarlos enseguida; otros, arrojarlos al fuego preparado para Nanaue.

El rey no aceptó esa ejecución inmediata. Interrogó a Kalei. Ella, asustada y dolorida, contó su relación con Kamohoalii, el nacimiento de Nanaue y la advertencia que había dado su padre.

Umi consideró que el dios del mar era poderoso y, en general, benéfico. Si mataban a la madre y a los parientes de su hijo, podían perder la posibilidad de limitarlo. Nanaue podría seguir rondando las costas y entrar tierra adentro con forma humana, para volverse tiburón en cualquier poza.

Ordenó liberar a Kalei y a sus hermanos. Después pidió a los sacerdotes y a los kahuna de los tiburones que hicieran ofrendas a Kamohoalii y lo invitaran a hablar mediante uno de sus haka, los médiums de su culto.

El dios se manifestó. Dijo que le dolía lo que había hecho su hijo y que comer personas iba en contra de su voluntad. Responsabilizó al abuelo por haberle dado carne a pesar de su advertencia. Declaró que, sin esa circunstancia, mandaría a sus propios tiburones matar a Nanaue.

En cambio, ordenó que abandonara para siempre las costas de Hawaii. Si desobedecía y alguno de los tiburones de su padre lo encontraba allí, debía matarlo.

También exigió una promesa: Kalei y sus familiares no serían perseguidos por lo que Nanaue había hecho. Si alguien rompía ese acuerdo, el dios levantaría la prohibición y permitiría que su hijo volviera.

Nanaue dejó Hawaii y cruzó hasta Maui. Desembarcó en Kipahulu, tomó forma humana y se dirigió tierra adentro. Cuando le preguntaron quién era, dijo que había llegado desde Hawaii a Hana y estaba recorriendo la isla.

Su belleza, sus modales agradables y su conversación le ganaron simpatías. Un jefe del lugar lo tomó como aikane, compañero cercano, y le dio a su hermana por esposa.

Nanaue puso una condición: por un supuesto voto, dormiría en una casa separada de la de su mujer. En realidad quería que no descubriera la boca que tenía en la espalda.

Durante un tiempo no atacó a nadie. La historia relaciona esa pausa con el comienzo de su matrimonio. Pero la convivencia dejó de ser una novedad y volvió el deseo de carne humana. Nanaue retomó sus ataques.

Un día empujó a una joven al mar, saltó detrás de ella y se convirtió en tiburón para devorarla. No había visto a unas personas que pescaban desde las rocas. Ellas presenciaron todo y dieron la alarma.

Al saberse descubierto, Nanaue huyó otra vez. Su siguiente refugio fue Molokai, donde todavía no lo conocían.

Se instaló en Poniuohua, junto a las tierras de Kainalu. No tardó en repetir lo mismo que antes: preguntaba adónde iba la gente, anunciaba que podían desaparecer de la cabeza a la cola, los seguía hacia el mar y tomaba forma de tiburón para llevarse a alguien al fondo.

Mientras todos gritaban y buscaban a la víctima, él reaparecía lejos de la multitud, con apariencia humana, como si hubiera estado juntando camarones o cangrejos.

Los ataques volvieron tan peligroso acercarse al agua que la gente ya no podía pescar. Ni siquiera los sitios menos profundos parecían seguros.

Desesperados, consultaron a un kahuna de los tiburones. Él les indicó que vigilaran a Nanaue. La próxima vez que anunciara la desaparición de alguien, debían sujetarlo y quitarle el manto: encontrarían una boca de tiburón en su espalda.

Así lo hicieron. La boca apareció, pero Nanaue era tan fuerte que se soltó varias veces cuando quisieron atarlo. Al final lograron dominarlo cerca de la playa y le ajustaron bien las cuerdas.

Fueron a buscar leña. En el mundo de este relato se creía que sólo el fuego podía destruir por completo a un hombre tiburón e impedir que ocupara después el cuerpo de un tiburón que hasta entonces no hubiera atacado a nadie.

Nanaue quedó tendido sobre la arena baja. La marea estaba subiendo. Cuando la gente volvía con ramas y haces de leña, hizo un último esfuerzo y rodó hasta tocar el agua con los pies.

En ese mismo instante se transformó en un tiburón gigantesco.

Quienes estaban cerca no lo dejaron escapar. Tendieron varias hileras de redes hacia el mar. Como el agua seguía siendo poco profunda y las cuerdas que lo habían atado ahora le sujetaban las aletas, Nanaue no podía aprovechar toda su fuerza.

Aun así avanzó hasta las rompientes. La gente lo golpeaba con garrotes, lanzas y azuelas para impedir que saliera. Estaba herido y cada vez más débil, pero todavía habría podido escapar si no hubieran pedido ayuda a Unauna, un joven semidiós de las montañas de Kainalu.

Unauna aún no había alcanzado todo su poder. Nanaue, en cambio, tenía la fuerza completa de un hombre y un tiburón adulto. La narradora señala que las cuerdas, las redes y las heridas inclinaron el combate: sin ellas, el joven protector quizá no habría podido vencerlo.

Entre todos consiguieron sacarlo del agua y arrastrarlo cuesta arriba. Unauna pasó una cuerda alrededor de una roca alta para ayudarse a tirar. El enorme cuerpo abrió una hendidura en la tierra de Kainalu, y la cuerda dejó un surco alrededor de la roca.

Esas señales quedaron ligadas a la historia. El lugar recibió el nombre de Puumano, la Colina del Tiburón.

Intentaron quemar a Nanaue, pero su tamaño lo hacía difícil: el agua y la sangre que salían de su cuerpo apagaban varias veces la hoguera.

Unauna mandó traer bambú del bosque sagrado de Kainalu. Con sus bordes cortantes pudieron dividir el cuerpo, secar parcialmente los trozos y quemarlos. Antes de terminar tuvieron que usar todo el bambú del bosque.

Entonces se enojó Mohoalii, nombre que esta fuente da también a Kamohoalii y que en el cierre identifica como padre de Unauna. La narradora no fija un solo motivo: pudo ser la profanación del bosque o el uso que habían dado a sus cañas.

El dios les quitó para siempre el filo. Según concluye el relato, desde entonces el bambú de aquel lugar no podía cortar más que cualquier pedazo de madera común.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Un libro abierto y varias hojas sueltas ante una costa volcánica de agua azul.
Ilustración de su mundo literario

Compilador, traductor y editor

Thomas George Thrum

Thomas George Thrum compiló Hawaiian Folk Tales, publicado en Chicago en 1907. Reunió contribuciones firmadas de distintas personas y participó también como traductor o redactor de capítulos. En esta selección, Lonopuha lleva su crédito de traducción y Kaneaukai su crédito de autor...

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto junto a un manantial, con un arcoíris sobre un valle verde.
Ilustración de su mundo literario

Autora de versiones históricas

Emma Kaili Metcalf Beckley Nakuina

Emma Kaili Metcalf Beckley Nakuina figura como Mrs. E. M. Nakuina en Hawaiian Folk Tales. Cinco relatos de esta selección llevan su firma: Kahalaopuna, el manantial de Punahou, Oahunui, el manto de plumas y Nanaue. Su trabajo escrito se reconoce por separado...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Para conversar con chicos

Esta conversación está pensada para lectores mayores y con acompañamiento. Nanaue esconde lo que hace y reaparece como si no hubiera pasado nada. Las comunidades necesitan reunir señales para comprender el peligro. También importa que el rey no trate a toda la familia como culpable por parentesco. La alimentación y las transformaciones explican hechos dentro del cuento, no cómo se vuelve violenta una persona real.

  • ¿Qué relación encuentran las personas entre las advertencias y las desapariciones?
  • ¿Por qué escuchar a Kalei cambia la decisión sobre sus familiares?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El destierro protege una costa, pero desplaza el daño a otras. Por eso el tramo de Maui y el de Molokai son indispensables: el primer escape no resuelve la amenaza. La defensa paterna invoca la desobediencia del abuelo como atenuante, sin impedir que Nanaue siga eligiendo engaños y ataques. En el final, la protección comunitaria exige una violencia y una profanación que tampoco quedan sin consecuencia: el bosque pierde su filo.

  • ¿Qué diferencia hay entre alejar un peligro de una comunidad y terminar con él?
  • ¿Cómo cambia la intervención de Kamohoalii entre la protección de Kalei, el destierro y el castigo al bambú?

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