Maui y Hina tenían cuatro hijos: Maui-mua, Maui-hope, Maui-kiikii y Maui-o-ka-lana. Los cuatro eran pescadores y vivían en Kaupo, en la isla de Maui.
Una mañana, apenas asomó el borde del Sol, Maui-mua despertó a sus hermanos para salir a pescar. Empujaron la canoa desde la playa y remaron hasta el lugar de pesca. Recién empezaban a trabajar cuando Maui-o-ka-lana vio una luz en la costa que acababan de dejar.
—Miren, hay un fuego encendido. ¿De quién será?
—¿De quién? —se preguntaron los otros—. Pesquemos algo y volvamos. Así podremos cocinar nuestra comida.
Cuando tuvieron pescado, regresaron a la playa. Maui-mua saltó de la canoa y corrió hacia el lugar donde había visto el resplandor. Pero quienes cuidaban el fuego eran unas aves alae de cola enroscada. En cuanto lo vieron acercarse, lo apagaron escarbando y se fueron volando.
Maui-mua volvió a la casa sin fuego.
—¿Y? ¿Qué pasó? —le preguntaron sus hermanos.
—Cuando llegué ya no quedaba nada encendido. Yo creía que había una persona, pero el fuego es de las alae. Y además nos robaron todas las bananas.
Los hermanos se enojaron. Decidieron no salir a pescar y vigilar hasta que las aves encendieran otra vez el fuego. Esperaron varios días sin ver una sola llama. Finalmente volvieron al mar, y allí estaba de nuevo el resplandor en la costa.
Lo mismo ocurrió una y otra vez. El fuego aparecía mientras los cuatro estaban pescando y desaparecía antes de que alcanzaran la playa. Si uno de ellos se quedaba escondido en tierra, las aves no lo encendían.
Las alae sabían que Maui y Hina tenían cuatro hijos. Antes de ponerse a cocinar, contaban a los pescadores de la canoa. Si faltaba uno, esperaban. Sólo se animaban cuando veían a los cuatro en el mar.
Maui-mua pensó en una manera de engañarlas.
—Mañana ustedes van a pescar y yo me quedo —les dijo a sus hermanos—. Lleven una calabaza, vístanla con kapa y acomódenla en mi lugar, como si fuera yo.
A la mañana siguiente hicieron lo que les había indicado. Las alae miraron hacia el agua, contaron cuatro figuras y encendieron el fuego. Pusieron las bananas a asar.
Antes de que estuvieran listas, una de las aves dio la alarma:
—¡Ahora los cocinados somos nosotros! ¡Hina tiene un hijo astuto!
Maui-mua se había acercado sin que lo vieran. Saltó de su escondite y sujetó a una alae de cola enroscada.
—¡Ahora voy a matarte! Vos sos la que nos viene escondiendo el fuego.
—Si me matás, el secreto se muere conmigo —respondió el ave—. No vas a conseguirlo.
Maui-mua empezó a retorcerle el cuello. La alae volvió a hablar:
—Dejame vivir y te voy a dar el fuego.
Él aflojó lo suficiente para preguntarle:
—Decime dónde está.
—En la hoja de la planta a-pe.
Siguiendo sus indicaciones, Maui-mua frotó el tallo de la hoja con un palo. No apareció ninguna llama.
—¿Dónde está ese fuego que seguís escondiéndome?
—En una rama verde.
Probó con una rama verde. Tampoco obtuvo fuego. Las indicaciones del ave lo hicieron intentar una cosa tras otra sin resultado, hasta que por fin le dijo que usara una rama seca.
Esta vez sí: al frotarla, consiguió el fuego que buscaba.
Pero no liberó al ave sin hacerle daño. Quiso vengarse de sus engaños.
—Todavía me queda una prueba —dijo.
Frotó la parte superior de la cabeza de la alae hasta lastimarla y dejarla roja de sangre. Según cuenta la historia, ésa es la marca roja que el ave conserva desde entonces.




