Una mujer del bosque ofrece un regalo. El viento reclama un saludo. Un cabello inesperado abre un viaje. Esta selección reúne historias de asombro, pruebas y encuentros difíciles.
El libro de Wratislaw recorre diferentes lenguas y tradiciones. Por eso cada cuento conserva su marco propio: checo o moravo, polaco, ruteno-podolio, bielorruso, ucraniano, épico eslavo oriental, serbio o esloveno de Carintia. La colección es un recorrido editorial, no una sola nación.
Un muchacho huérfano recorría los caminos en busca de trabajo. No tenía padre ni madre y necesitaba ganarse el pan. Un día llegó a una choza solitaria, al pie del bosque. En la puerta había un anciano que, en lugar de ojos, tenía dos cavidades oscuras. Las cabras balaban en el establo.
Betty vivía con su madre, que era viuda. De sus bienes apenas quedaban una casita en ruinas y dos cabras, pero la niña casi siempre estaba alegre. Desde la primavera hasta el otoño llevaba las cabras al bosque de abedules. Su madre le daba una canasta con una rebanada de pan y un huso.
Un hombre tan pobre que nadie quería ser padrino de su hijo recién nacido salió con el bebé en brazos. Había resuelto pedirle el favor a la primera persona que encontrara. Si no encontraba a nadie, quizá el sacristán pudiera ayudarlo.
Un estudiante pobre iba por el camino hacia una ciudad cuando encontró, junto a la puerta de la muralla, el cuerpo de un hombre sin enterrar. Los que pasaban lo pisoteaban; otros le arrojaban palos o le escupían. El estudiante tenía poco dinero, pero pagó un entierro para que cesaran aquellos ultrajes. Rezó ante la tierra recién removida y siguió su viaje.
Un hombre ruteno había perdido a su mujer y a sus hijos por la peste. Abandonó la casa desolada y huyó al bosque en busca de refugio. Caminó todo el día. Al caer la tarde armó un cobertizo con ramas, encendió una fogata y se durmió, agotado.
En una casita del bosque vivían un hombre y una mujer sin hijos. Fueron en peregrinación a pedirle a Dios una criatura y tuvieron una niña que creció sana.
Una joven se enamoró de una serpiente, y la serpiente también la amaba. Se casaron. Su casa era de vidrio puro, toda de cristal, y estaba bajo tierra, dentro de una especie de montículo.
En la aldea de Karachárovo, junto a la famosa ciudad de Múrom, vivía el campesino Iván Timoféievich. Su único hijo, Iliá, pasó treinta años sentado, sin poder caminar con firmeza. Cumplidos esos años, se sostuvo por fin sobre sus piernas y descubrió que tenía una fuerza inmensa. Se hizo armas de guerrero y una lanza de acero; después ensilló un caballo digno de un héroe.
Un anciano tenía tres hijos y una hija. Al sentir que iba a morir, llamó a los varones y les hizo jurar que entregarían a su hermana en matrimonio al primero que viniera a pedirla, fuera quien fuese.
Un hombre muy pobre tenía tantos hijos que no conseguía alimentarlos. Una mañana estuvo a punto, más de una vez, de matarlos para no verlos morir de hambre. Su mujer lo impidió.
Un emperador tenía tres hijos. Un día el mayor salió de caza. Apenas dejó la ciudad, una liebre saltó de un arbusto. El príncipe la persiguió de un lado a otro hasta un molino de agua. Entró detrás de ella, pero no era una liebre: era un dragón que lo esperaba para devorarlo.
En la comarca de Osojani, también llamada Ossiach, las serpientes se multiplicaron tanto que aparecían por todas partes. Entraban en las casas, las iglesias, las lecherías y hasta en las camas. Ni siquiera se podía comer en paz: las hambrientas se metían en los platos.
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