Una joven se enamoró de una serpiente, y la serpiente también la amaba. Se casaron. Su casa era de vidrio puro, toda de cristal, y estaba bajo tierra, dentro de una especie de montículo.
Al principio, según cuentan, la madre de la joven se afligió mucho por ella. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Pasó el tiempo y la esposa de la serpiente tuvo mellizos: un niño y una niña. Acostados a su lado parecían hechos de cera, y ella era hermosa como una flor.
—Ahora que Dios nos dio hijos y nacieron humanos, vamos a bautizarlos entre los humanos —dijo.
Se sentó en un carruaje de oro, acomodó a los niños en su falda y partió hacia el pueblo, a ver al sacerdote.
Todavía no había llegado a campo abierto cuando la desgracia salió a su encuentro. Su madre había levantado un alboroto en todo el pueblo, tomado una hoz y corrido hacia el camino.
La joven vio ante sí una muerte segura. Entonces llamó a sus hijos:
—Vuelen por el mundo como pájaros. Vos, hijito, como un ruiseñor; vos, hijita, como un cuco.
Por la ventanilla derecha salió un ruiseñor. Por la izquierda, un cuco.
Nadie sabe qué fue del carruaje, de los caballos ni de todo lo demás. Tampoco quedó allí la joven. Solo brotó al borde del camino un lamio, una planta también llamada ortiga muerta.





