El príncipe Toyonari y su esposa Murasaki deseaban tener un hijo. Viajaron al templo de Hase y rezaron a Kannon, a quien veneraban por su misericordia. Cuando nació una niña, la llamaron Hase-Hime en recuerdo de aquella visita.
La criaron con cariño. Pero cuando Hase tenía cinco años, Murasaki enfermó gravemente. Antes de morir habló con su hija. Le pidió que fuera amable con quienes la cuidaban y que, si su padre se casaba de nuevo, tratara a su segunda esposa como a una madre.
Tiempo después, Toyonari se casó con Terute. La nueva esposa no quería a Hase. Le recordaba que no era su hija y la trataba con dureza. La niña, que tenía presentes las palabras de Murasaki, procuraba no causarle problemas.
Encontraba alegría en la música y la poesía. Practicaba durante horas y aprendía con los mejores maestros que su padre podía buscar. A los doce años tocaba tan bien el koto, un instrumento de cuerdas, que recibió una invitación para actuar ante el emperador. Terute debía acompañarla con la flauta.
Durante la fiesta de los cerezos, Hase interpretó su parte sin equivocarse. Terute, que no había practicado lo suficiente, se perdió y tuvo que pedir que otra dama la reemplazara. El emperador envió regalos a la joven música. Su madrastra sintió aquella diferencia como una humillación.
Terute había tenido un hijo y empezó a pensar que, si Hase desaparecía, todo el cariño del padre sería para él. Convirtió esa idea en un plan terrible: preparó dos botellas de vino dulce, una de ellas envenenada.
Durante la fiesta de los niños, Hase estaba jugando con su hermanito. Le contaba historias sobre los guerreros representados en sus juguetes. Terute entró con pasteles y las dos botellas. Fingió estar contenta de verlos juntos y sirvió una copa para cada uno.
Pero, nerviosa, confundió las botellas. Hase recibió el vino sin veneno y el pequeño bebió el otro. El niño enfermó de inmediato. Terute volcó los recipientes para ocultar lo sucedido, mientras los servidores buscaban al médico. No pudieron salvarlo: murió en brazos de su madre.
Nadie descubrió entonces la verdad. En vez de reconocer lo que había hecho, Terute culpó en su interior a Hase y la odió todavía más.
Al año siguiente hubo grandes lluvias. El río Tatsuta creció y su estruendo no dejaba descansar al emperador, que terminó enfermando. Las plegarias de los templos no habían logrado calmarlo.
En la corte empezaron a hablar de Hase. Decían que sus poemas eran extraordinarios. Recordaban a una antigua poeta cuyas palabras, según la tradición, habían hecho llover, y se preguntaban si la joven podría pedir que el río se aquietara.
El emperador encargó el poema. Hase sintió miedo al saber que ponían tanta responsabilidad sobre ella. Trabajó hasta terminar sus versos y los escribió en un papel salpicado de oro.
El día señalado fue a la orilla con su padre y varios miembros de la corte. Levantó la hoja entre las manos y leyó su plegaria en voz alta. En esta historia, el río respondió: el estruendo cesó y las aguas quedaron en calma.
El emperador se recuperó y distinguió a Hase con el título de teniente general. Desde entonces la llamaron también Chinjo-Hime. Todos celebraban su talento, salvo Terute.
La madrastra intentó acusarla ante su padre, pero él no creyó sus mentiras. Entonces aprovechó un viaje de Toyonari. Llamó a un servidor anciano, Katoda, e inventó una grave falta de la muchacha. Le ordenó llevarla a las montañas de Hibari y matarla para evitar, según decía, una vergüenza familiar.
Katoda fingió obedecer. Acompañó a Hase hasta un lugar apartado, pero sabía que era inocente y decidió protegerla. No podía regresar sin cumplir la orden, así que pidió ayuda a unos campesinos, construyó una casita y mandó llamar en secreto a su esposa. Los dos se quedaron a cuidarla.
Al volver, Toyonari supo que su hija había desaparecido. Terute aseguró que había escapado por miedo a un castigo. Nadie de la casa podía decir dónde estaba. El padre la buscó en silencio, preocupado también por el escándalo, pero no logró encontrarla.
Un día salió a cazar para distraerse de la angustia. En las montañas se adelantó a sus acompañantes y llegó a un valle. Desde una casa pequeña le alcanzó una voz que leía textos budistas. Se acercó, curioso, y vio a su hija.
—¡Hase!
Ella levantó la cabeza, corrió hacia él y se aferró a su manga llorando. Katoda salió y contó todo. Toyonari abandonó la cacería y regresó con ellos.
Un mensajero llevó la noticia por delante. Terute, al saber que su marido conocía la verdad, huyó a la casa de su padre. No volvió a aparecer en la vida de Hase.
Katoda recibió un puesto de honor y el agradecimiento duradero de la joven. Con el tiempo, Toyonari adoptó como heredero al hijo menor de otra familia noble y dispuso que se casara con Hase. Años después se celebró el matrimonio. Ella tuvo un hijo y vivió hasta una edad avanzada.
La versión antigua termina recordando un bordado de Buda conservado en un templo de Kioto: se decía que Hase lo había hecho con hilos extraídos del tallo del loto. Su voz, su música y el trabajo de sus manos quedaron unidos a su nombre.



