Un emperador tenía tres hijos. Un día el mayor salió de caza. Apenas dejó la ciudad, una liebre saltó de un arbusto. El príncipe la persiguió de un lado a otro hasta un molino de agua. Entró detrás de ella, pero no era una liebre: era un dragón que lo esperaba para devorarlo.
Pasaron varios días sin noticias. El segundo hermano salió a cazar y encontró la misma liebre. La siguió hasta el molino, entró y también fue devorado.
La corte entera quedó sumida en la tristeza. El menor decidió salir para averiguar qué había pasado. Otra vez apareció la liebre y otra vez corrió hacia el molino. Pero él no entró.
—Cuando vuelva te voy a encontrar —se dijo, y siguió buscando otras presas.
Anduvo mucho por la colina sin encontrar nada. Al regresar al molino solo vio a una anciana. La saludó en nombre de Dios y le preguntó por su liebre.
—No era una liebre, hijo. Era un dragón que mata a mucha gente.
El príncipe temió por sus hermanos. La anciana confirmó que habían caído allí y le aconsejó regresar antes de correr la misma suerte.
—Vos también querrás librarte de él —dijo el joven.
—Claro que sí. A mí me atrapó de la misma manera y no sé cómo escapar.
Entonces el príncipe le propuso averiguar dónde estaba la fuerza del dragón. Debía preguntárselo con cariño y besar el lugar que él indicara, hasta convencerlo de que hablaba por amor. Después se lo contaría al joven cuando volviera.
El príncipe regresó al palacio. Cuando el dragón llegó al molino, la anciana le preguntó por sus viajes y su fuerza. Él dijo que iba muy lejos. Ella insistió:
—Si supiera dónde está tu fuerza, besaría ese lugar de tanto que te quiero.
El dragón sonrió y señaló el fogón. La vieja lo acarició y lo besó. Él se rio: no estaba allí, sino en el hongo del árbol frente a la casa. Ella salió a besar y acariciar el árbol. El dragón volvió a reírse y terminó contando la verdad:
—Mi fuerza está muy lejos. En otro imperio hay un lago debajo de la ciudad del emperador. En el lago vive un dragón; dentro del dragón hay un jabalí; dentro del jabalí, una paloma. En ella está mi fuerza.
Al día siguiente, apenas se fue el monstruo, el príncipe volvió. La anciana le repitió todo. Él se puso botas de pastor, tomó un cayado y salió de su país disfrazado.
Viajó de pueblo en pueblo hasta la ciudad indicada. Preguntó quién necesitaba un pastor. Le dijeron que el emperador buscaba uno, así que fue a ofrecerle sus servicios.
El emperador lo contrató, pero le hizo una advertencia: junto al lago había pastos muy buenos y las ovejas tendían a ir hacia allí. Ningún pastor que las había seguido había regresado.
—No dejes que el rebaño elija el camino. Llevalo adonde vos quieras.
El príncipe agradeció el consejo y se preparó. Llevó dos perros capaces de atrapar un jabalí en campo abierto, un halcón capaz de cazar cualquier ave y una gaita.
Apenas salió, dejó que las ovejas fueran al lago. Allí se dispersaron para comer. Puso el halcón sobre un tocón, dejó los perros y la gaita debajo, se recogió las mangas y la ropa de las piernas y entró en el agua.
—¡Dragón, salí a luchar conmigo! ¡Vamos a medir nuestras fuerzas, si te animás!
—¡Ya voy, príncipe!
Emergió un dragón enorme y espantoso. Se agarraron por la cintura y lucharon durante toda la jornada de verano, hasta el calor de la tarde.
—Soltame para que moje la cabeza en el lago —pidió el dragón—. Después voy a lanzarte hasta el cielo.
—No digas tonterías. Si la hija del emperador me besara la frente, yo te lanzaría todavía más alto.
El dragón se soltó de golpe y volvió al agua. Al anochecer el joven se lavó y se arregló. Tomó el halcón, llamó a los perros y regresó con las ovejas tocando la gaita. Toda la ciudad salió a verlo: nunca había vuelto un pastor del lago.
A la mañana siguiente partió de nuevo. El emperador mandó a dos mozos de las caballerizas a seguirlo sin que los viera. Se instalaron en una colina desde donde podían observarlo.
El príncipe colocó otra vez el halcón en el tocón, los perros y la gaita debajo, y entró en el lago para desafiar al dragón. El monstruo salió. Lucharon hasta la tarde. Volvió a pedir que lo dejara refrescarse para después arrojarlo al cielo, y el joven volvió a decir que un beso de la hija del emperador le daría fuerza para lanzarlo más alto. Otra vez el dragón lo soltó y se hundió en el lago.
El pastor regresó tocando la gaita. Los dos mozos habían llegado antes y contado todo al emperador. Este llamó a su hija y le ordenó acompañar al joven al día siguiente y besarlo en la frente.
La muchacha rompió a llorar.
—Soy tu única hija. ¿No te importa que muera?
Su padre intentó tranquilizarla. Habían perdido muchos pastores, pero aquel llevaba dos días luchando sin sufrir daño. Estaba convencido de que podía vencer si ella lo ayudaba.
Al amanecer, los dos se prepararon. Él iba más alegre que nunca; ella no dejaba de llorar. Mientras caminaban detrás del rebaño, el príncipe interrumpía la música para consolarla.
—No tengas miedo. Cuando llegue el momento, acercate y besame.
Al llegar al lago dispuso los animales y la gaita como los otros días. Se metió en el agua y llamó al dragón. Lucharon hasta la tarde. Entonces el monstruo pidió que lo dejara mojarse la cabeza.
—Si la hija del emperador me besara la frente —repitió el príncipe—, yo te arrojaría mucho más alto.
La joven corrió hacia él y lo besó en la cara, en el ojo y en la frente. El príncipe levantó al dragón y lo lanzó por el aire. Al caer, el monstruo se hizo pedazos.
De su interior salió un jabalí que intentó escapar. El príncipe llamó a los perros. Lo persiguieron, lo atraparon y lo despedazaron. Del jabalí salió volando una paloma. El joven soltó al halcón, que la capturó y se la llevó a las manos.
—Decime dónde están mis hermanos —exigió el príncipe.
—Te lo digo, pero no me hagas daño. Detrás de la ciudad de tu padre está el molino. Allí crecieron tres varas. Cortalas por abajo y golpeá con ellas la raíz. Se abrirá una puerta de hierro. Detrás hay una gran bóveda llena de personas: viejas y jóvenes, ricas y pobres, hombres, mujeres y muchachas. Alcanzarían para poblar un imperio. Allí están tus hermanos.
En cuanto terminó de oírla, el príncipe le retorció el cuello.
El emperador había observado todo desde la misma colina donde antes se escondieron sus mozos. Al atardecer, el príncipe se lavó, recogió sus animales y la gaita y condujo el rebaño a palacio. La joven caminaba a su lado, todavía asustada.
La ciudad entera salió a recibirlos. El emperador lo llamó y le dio a su hija en matrimonio. Fueron enseguida a la iglesia y celebraron una fiesta de una semana. Después el joven reveló quién era y de dónde venía, lo que aumentó la alegría de todos.
Quería volver a su casa. Su suegro le preparó el viaje y le dio una gran escolta. Al acercarse al molino, el príncipe hizo detener a sus acompañantes y entró solo. Cortó las tres varas, golpeó la raíz y abrió la puerta de hierro.
En la bóveda había una multitud. Les pidió que salieran de uno en uno y fueran adonde quisieran. Él se quedó junto a la puerta. Por fin aparecieron sus hermanos: los abrazó y los besó.
Cuando salió el último cautivo, todos le agradecieron la libertad y volvieron a sus hogares. Él regresó a casa de su padre con sus hermanos y su esposa. Allí vivió y reinó hasta el final de sus días.





