Un hombre iba solo por el camino cuando encontró al Sol, a la Helada y al Viento.
—¡Alabado sea el Señor Jesucristo! —saludó al pasar.
Enseguida los tres empezaron a discutir a quién había dirigido el saludo.
—A mí, para que no lo queme —dijo el Sol.
—A mí —replicó la Helada—. Me tiene mucho más miedo que a vos.
—¡No inventen! —intervino el Viento—. Me saludó a mí.
Se enredaron tanto en la pelea que estuvieron a punto de arrancarse las capas.
—Alcancémoslo y preguntémosle —propuso uno.
Así lo hicieron. El hombre respondió:
—Saludé al Viento.
—¿Vieron? ¡Se los dije!
—¡Ya vas a ver, sinvergüenza! —amenazó el Sol al caminante—. Te voy a asar. Te vas a acordar de mí.
—No tengas miedo —le dijo el Viento—. Yo voy a soplar para refrescarte y no podrá quemarte.
—¡Entonces yo voy a congelarte! —gritó la Helada.
—Tampoco te asustes —respondió el Viento—. En ese caso no voy a soplar. Sin viento, ella no te congelará.





