Betty vivía con su madre, que era viuda. De sus bienes apenas quedaban una casita en ruinas y dos cabras, pero la niña casi siempre estaba alegre. Desde la primavera hasta el otoño llevaba las cabras al bosque de abedules. Su madre le daba una canasta con una rebanada de pan y un huso.
—Traelo lleno —le decía.
Como no tenía rueca, Betty se enrollaba el lino alrededor de la cabeza. Salía cantando detrás de las cabras. En el bosque se sentaba bajo un árbol y, mientras los animales comían, tiraba de las fibras con una mano y dejaba girar el huso con la otra. Su canto resonaba entre los troncos.
Al mediodía llamaba a las cabras y daba a cada una un pedacito de pan para que no se alejaran. Buscaba frutillas o alguna otra fruta del bosque para acompañar su comida. Después se levantaba, juntaba las manos y bailaba. El sol se filtraba entre las hojas y las cabras parecían admirar a su alegre pastora. Terminada la danza, Betty volvía a hilar. Nunca llevaba el huso vacío a casa.
Un día, al mediodía, cuando acababa de almorzar y se preparaba para bailar, apareció una joven de extraordinaria belleza. Llevaba un vestido blanco, fino como una telaraña, una corona de flores silvestres y el pelo dorado hasta la cintura. Betty quedó muda del asombro.
—¿Te gusta bailar? —preguntó la desconocida con una sonrisa.
La dulzura de su voz le quitó el miedo.
—¡Bailaría todo el día!
—Entonces vení. Yo te enseño.
La joven recogió un lado de su vestido, tomó a Betty por la cintura y empezó a girar con ella. Sobre sus cabezas sonó una música deliciosa. Los músicos estaban en las ramas de los abedules, vestidos de negro, gris, pardo y muchos colores: eran ruiseñores, alondras, pardillos, jilgueros, verderones, zorzales, mirlos y un hábil pájaro imitador, convocados por la dama.
Betty tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Olvidó las cabras y la labor. Solo miraba a su compañera, que danzaba con tanta ligereza que ni siquiera doblaba el pasto bajo los pies. Bailaron desde el mediodía hasta el atardecer, sin que Betty sintiera cansancio ni dolor.
La joven se detuvo. La música cesó y ella desapareció. Betty vio el sol poniente, se tocó la cabeza y encontró allí el lino sin hilar. Su huso seguía casi vacío. Guardó todo en la canasta y llamó a las cabras.
Volvió sin cantar, reprochándose haber perdido el tiempo. Si la dama regresaba, no volvería a escucharla. Las cabras miraban hacia atrás, extrañadas de no oír su voz. Su madre también notó el silencio.
—¿Estás enferma?
—No, mamá. Canté tanto que tengo la garganta seca.
Guardó el huso sin contar lo ocurrido. Como su madre no acostumbraba a devanar enseguida el hilo, pensó que al día siguiente podría recuperar el trabajo atrasado.
A la mañana siguiente salió otra vez cantando. Hiló con empeño hasta el mediodía, dio pan a las cabras, recogió frutillas y almorzó. Después dejó las migas sobre una piedra para los pájaros.
—Hoy no puedo bailar, cabritas —suspiró.
—¿Y por qué no? —preguntó una voz amable.
La dama estaba otra vez a su lado. Betty cerró los ojos, asustada, pero la joven repitió la pregunta.
—Disculpame. Si bailo con vos no termino mi trabajo y mamá me va a retar. Antes de que se ponga el sol tengo que hilar también lo que quedó de ayer.
—Vení a bailar. Antes del anochecer vas a tener ayuda.
La tomó por la cintura. Los músicos comenzaron y las dos se pusieron a girar. La dama bailaba todavía mejor que el día anterior. Betty volvió a olvidarse de todo.
Cuando pararon, el sol estaba por ocultarse. La niña se llevó las manos al lino que seguía en su cabeza y rompió a llorar. La joven lo tomó, lo enrolló en el tronco de un abedul delgado y se puso a hilar. El huso giraba apenas por encima del suelo y se llenaba a la vista. Antes de la puesta del sol había hilado todo, incluso la labor pendiente.
Al entregárselo, dijo:
—Devaná y no te quejes. Acordate: devaná y no te quejes.
Desapareció como si la tierra se hubiera abierto. Betty regresó cantando. Ahora pensaba que, si la dama era tan buena con ella, bailaría otra vez a su lado.
Su madre la recibió disgustada. Había querido devanar el hilo durante el día y descubierto el huso incompleto.
—¿Qué hiciste ayer?
—Perdoname, mamá. Bailé demasiado. Pero mirá: hoy lo llené de sobra para compensarlo.
La madre no dijo más y fue a ordeñar. Betty quiso contarle la aventura, pero decidió esperar. Si la joven volvía, primero le preguntaría quién era.
Al tercer día, Betty llevó las cabras al bosque, hiló y cantó. Al mediodía dio a los animales su pan, recogió frutillas y comió. Al dejar las migas para los pájaros anunció:
—¡Hoy voy a bailar para ustedes, cabritas!
Se levantó y se dispuso a probar los pasos que había aprendido. En ese instante apareció la dama.
—¡Juntas, juntas!
La tomó por la cintura. Sonó la música y se lanzaron a la danza. El cuerpo de la joven se doblaba como una vara de sauce. Betty sentía que sus pies seguían solos el compás. Otra vez bailaron hasta el anochecer.
Cuando terminó la música y vio el huso a medio llenar, Betty se echó a llorar. ¿Qué diría su madre?
—Dame la canasta —pidió la dama—. Voy a compensar lo que hoy dejaste sin hacer.
Se alejó un instante y se la devolvió.
—No mires ahora. Mirá cuando llegues a casa.
Desapareció como llevada por el viento. Betty resistió un rato, pero a mitad del camino no pudo más: la canasta pesaba tan poco que empezó a pensar que la habían engañado. La abrió. ¡Estaba llena de hojas de abedul!
Llorando de rabia por haber sido tan crédula, arrojó dos puñados al camino. Iba a vaciarla entera, pero pensó que las hojas podían servir de cama a las cabras. Dejó las que quedaban y siguió, temiendo llegar a casa.
Su madre la esperaba en la puerta, muy inquieta.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué clase de huso me trajiste ayer?
—¿Por qué, mamá?
—Esta mañana me puse a devanar. Llené una madeja, dos, tres, y el huso seguía lleno. Al final dije, enojada: «¿Qué espíritu maligno hiló esto?». En ese momento desapareció todo el hilo. ¡Explicame qué pasó!
Betty contó por fin lo de la hermosa bailarina.
—¡Era una dama del bosque! —exclamó su madre—. Bailan al mediodía y a medianoche. Tuviste suerte de no ser un muchacho. A ellos los hacen bailar hasta que pierden el último aliento, o los matan de cosquillas. Se compadecen de las chicas y a veces les dan grandes regalos. Si me lo hubieras contado, no me habría quejado y podríamos tener una habitación llena de hilo.
Entonces Betty recordó la canasta. Quizá hubiera algo debajo de las hojas. Sacó el huso y el lino que estaban encima, miró y llamó a su madre. ¡Las hojas se habían convertido en oro!
—Me dijo que mirara al llegar a casa, pero no obedecí —confesó.
La madre pensó que había sido una suerte que no vaciara toda la canasta. A la mañana siguiente fue al camino a buscar los dos puñados descartados. No encontró más que hojas frescas de abedul.
El oro que quedaba, sin embargo, alcanzó de sobra. Compró una pequeña propiedad y tuvieron mucho ganado. Betty pudo vestirse bien y ya no necesitó pastorear las cabras. Estaba contenta con su nueva vida, pero nada le daba tanta alegría como aquella danza. Volvía a menudo al bosque, esperando encontrarse con su compañera. Nunca volvió a verla.





