Una viuda vivía con su hija y su hijastra. A una le perdonaba cualquier cosa; a la otra le daba todo el trabajo de la casa. La hijastra pasaba horas hilando junto al pozo, hasta que el hilo le lastimaba los dedos.
Un día quiso lavar una mancha de sangre del huso y se le cayó al agua. Corrió a contárselo a su madrastra, que no mostró ninguna compasión.
—Si lo tiraste, andá a buscarlo.
La chica regresó al pozo. Miró el agua oscura sin saber qué hacer. En su desesperación saltó, perdió el conocimiento y, cuando abrió los ojos, ya no estaba en el agua: yacía en una pradera llena de flores, bajo un sol tibio.
Se levantó y siguió un sendero. Pronto encontró un horno lleno de panes.
—¡Sacanos! —gritaron los panes—. ¡Ya estamos cocidos y nos vamos a quemar!
La chica tomó la pala que estaba al lado y los fue retirando uno por uno. Los dejó enfriar y continuó. Más adelante, un manzano sacudió apenas sus hojas.
—¡Sacudime de verdad! ¡Mis manzanas están maduras!
Ella agarró el tronco y lo sacudió hasta que no quedó una sola fruta en las ramas. Después juntó las manzanas en un montón para que nadie las pisara.
Al final del camino había una casa. Una anciana de dientes grandes asomó por la ventana. La muchacha dio un paso atrás, asustada, pero la mujer le habló con amabilidad.
—No tengas miedo. Soy la señora Holle. Si querés quedarte, hay trabajo y comida. Lo más importante es que sacudas bien mi cama: cuando las plumas vuelan aquí, nieva sobre la tierra.
La chica aceptó. Cada mañana ordenaba la casa y sacudía el acolchado con todas sus fuerzas. Las plumas giraban alrededor como copos. La señora Holle la trataba bien; siempre había comida suficiente y nadie la reprendía injustamente.
Sin embargo, después de un tiempo, empezó a extrañar. Miraba el camino desde la ventana y pensaba en su casa, aunque allí hubiera sido tan infeliz. Por fin se animó a decirlo.
—Estoy muy bien acá, pero necesito volver.
—Hiciste tu trabajo con cuidado —respondió la señora Holle—. Yo misma te voy a acompañar.
La condujo hasta un gran portal. Cuando la joven pasó por debajo, cayó sobre ella una lluvia de oro. El oro se quedó adherido a su ropa, a su pelo y a sus manos. La señora Holle le devolvió también el huso perdido.
La puerta se cerró. La muchacha estaba otra vez junto a su casa. El gallo del patio la vio llegar y cantó anunciando que volvía cubierta de oro. Su madrastra y su hermana corrieron a recibirla, ahora muy interesadas en todo lo que tenía para contar.
La viuda decidió que su propia hija debía obtener la misma recompensa. La muchacha se sentó junto al pozo, manchó su huso, lo arrojó al agua y saltó detrás. También ella despertó en la pradera.
Los panes le pidieron ayuda.
—No voy a ensuciarme las manos por ustedes —respondió.
El manzano le rogó que lo sacudiera.
—¿Para que me caiga una manzana en la cabeza? Ni loca.
Llegó a la casa de la señora Holle y aceptó el trabajo de inmediato. El primer día se esforzó, pensando en el oro. El segundo trabajó menos. El tercero ya no quiso levantarse. Dejaba el acolchado inmóvil sobre la cama, así que ninguna pluma volaba y abajo no caía nieve.
Finalmente la señora Holle le dijo que debía irse. La muchacha se alegró: había llegado el momento de cobrar. Caminó hasta el portal mirando hacia arriba, lista para recibir su lluvia dorada.
Pero lo que cayó fue una carga de brea oscura que la cubrió de la cabeza a los pies.
—Esta es la paga por tu servicio —dijo la señora Holle.
La puerta se cerró. La muchacha volvió al patio y el gallo anunció esta vez su llegada cubierta de brea. Su madre intentó limpiarla, pero aquel castigo mágico no se desprendió jamás. El oro de la primera viajera y la brea de la segunda siguieron contando, durante el resto de sus vidas, dos historias muy distintas sobre el mismo camino.


