Un hombre ruteno había perdido a su mujer y a sus hijos por la peste. Abandonó la casa desolada y huyó al bosque en busca de refugio. Caminó todo el día. Al caer la tarde armó un cobertizo con ramas, encendió una fogata y se durmió, agotado.
Pasada la medianoche lo despertó un estrépito. Se incorporó y escuchó canciones a lo lejos, acompañadas por panderos y flautas. Le parecía inconcebible que alguien celebrara de aquel modo mientras la muerte arrasaba los alrededores.
El ruido se acercó. El hombre vio avanzar por el camino ancho una multitud de espectros extraños. Rodeaban un carruaje negro y alto. En él iba sentada la Peste. A cada paso el cortejo crecía, porque casi todo lo que encontraba se convertía en otro espectro.
La fogata apenas ardía. Un leño todavía humeante se alzó de pronto sobre dos pies y extendió dos brazos. En la parte encendida brillaron unos ojos feroces. El leño comenzó a cantar con los demás.
Mudo de terror, el hombre tomó el hacha y quiso golpear a la figura más cercana. Pero el hacha se le escapó de las manos, se transformó en una mujer alta, de cabellos negros, y se alejó cantando.
El cortejo siguió adelante. Los árboles, los arbustos, los búhos y las lechuzas tomaban formas altas y se sumaban a aquella multitud, anuncio espantoso de la muerte. El hombre cayó sin fuerzas.
Por la mañana lo despertó el calor del sol. Las vasijas que había llevado estaban rotas; su ropa, hecha jirones; la comida, echada a perder. Comprendió que el cortejo de la peste había causado aquellos destrozos. Dio gracias a Dios por haber conservado al menos la vida y siguió andando en busca de comida y abrigo.





